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La presencia real de Cristo en la Eucaristía

Lectura: 8 minutos · Actualizado el 19 de octubre de 2026

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Juan de Juanes, La Última Cena (c. 1562). Vía Wikimedia Commons.

Anunciada desde antiguo

Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, ofreció pan y vino (Gn 14:18) y el Salmo 109 anuncia que el Mesías sería sacerdote para siempre según su orden (Sal 109:4; Heb 7:17). El cordero pascual no solo se sacrificaba: se comía (Ex 12:8). Dios alimentó a su pueblo en el desierto con el maná, un pan bajado del cielo (Ex 16:15). Y Moisés selló la alianza con la sangre de los sacrificios, diciendo: esta es la sangre de la alianza (Ex 24:8). Todo esto encuentra su cumplimiento en la Eucaristía.

Una enseñanza que avanza paso a paso

En el capítulo 6 de san Juan, Jesús conduce a sus oyentes, de manera pedagógica, hacia una verdad que sabe que va a ser difícil de aceptar.

Primero hace un signo: multiplica cinco panes y dos peces para alimentar a cinco mil hombres (Jn 6:1-15). No es un detalle menor que Jesús prepare su enseñanza con un milagro hecho precisamente con pan. Antes de anunciar que dará a comer su carne, muestra que puede hacer con el pan lo que ninguna fuerza natural puede hacer: así sus oyentes pueden entender que lo que va a enseñarles tampoco será algo natural, sino un milagro. Y al tomar los panes, san Juan dice que Jesús dio gracias, con el verbo griego eucharistéo (εὐχαριστέω), del que viene la palabra Eucaristía (Jn 6:11).

Al día siguiente, la multitud lo busca y Jesús les dice que no trabajen por el alimento que perece, sino por el que permanece para la vida eterna, que les dará el Hijo del hombre (Jn 6:26-27). Le recuerdan entonces el maná que Moisés dio a sus padres en el desierto y Jesús responde que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo: es su Padre quien da el verdadero pan del cielo (Jn 6:31-33). Y se presenta a sí mismo: «Soy Yo el pan de vida» (Jn 6:35).

Hasta aquí, sus oyentes podían entender que hablaba de creer en Él. Pero Jesús da un paso más y precisa: el pan que Él dará es su carne, para la vida del mundo (Jn 6:51). No es como el maná, que sus padres comieron y murieron; quien coma este pan vivirá para siempre (Jn 6:49-51 y 58). Sus oyentes entienden perfectamente que habla de su carne en sentido real y discuten entre ellos cómo puede darles a comer su carne (Jn 6:52).

Cuando se escandalizan, Jesús no suaviza

Cuando sus oyentes entendían mal una imagen, Jesús solía aclararla. En la barca, los discípulos pensaron que les advertía sobre la levadura porque se habían olvidado de llevar pan; Jesús les explicó que hablaba de la doctrina de los fariseos, y entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes (Mt 16:5-12). A Nicodemo, que no entendía cómo un hombre podría volver al seno de su madre, le explicó que se trataba de nacer del agua y del Espíritu (Jn 3:3-5). A los discípulos, que creyeron que Lázaro dormía, les dijo claramente que había muerto (Jn 11:11-14). Y cuando pensaron que alguien le había traído de comer, les aclaró que su alimento era hacer la voluntad del Padre (Jn 4:31-34).

En Cafarnaún, en cambio, era el momento de aclarar que hablaba en sentido figurado, si así hubiera sido. Jesús hace lo contrario: refuerza lo dicho. Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes; su carne es verdadera comida y su sangre, verdadera bebida (Jn 6:53-55). Y lo refuerza todavía más, para que no queden dudas: repite dos veces «en verdad», «En verdad, en verdad, os digo» (Jn 6:53), para que se entienda que no habla en figura, sino que dice exactamente lo que dice. Y el efecto de esa comida es la unión con Él: «El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, en Mí permanece y Yo en él» (Jn 6:56). Por eso la Iglesia llama «comunión» a recibir la Eucaristía, y san Pablo dice que el pan que partimos es «comunión del cuerpo de Cristo» (1 Cor 10:16). Y para que se entienda claramente lo que quería enseñarles, Jesús cambia de verbo y usa uno mucho más fuerte. Hasta el versículo 53 usa phágo (φάγω), el verbo común para comer; desde el 54 usa trógo (τρώγω), que significa roer, masticar. Es el verbo más concreto y más físico que podía elegir, precisamente cuando sus oyentes se escandalizaban del sentido literal.

Muchos de sus discípulos dijeron que esa enseñanza era dura y, desde entonces, dejaron de seguirlo (Jn 6:60 y 66). Jesús no los retiene con una explicación tranquilizadora: se vuelve hacia los Doce y les pregunta si también ellos quieren irse. Pedro responde por todos: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6:67-68). Cuando Jesús dice que la carne de nada aprovecha (Jn 6:63), no habla de su carne, que acaba de llamar verdadera comida, sino del modo carnal de entender sus palabras, sin la fe que da el Espíritu.

«Éste es el cuerpo mío»

En la última cena, Jesús toma el pan y dice «Tomad, comed, éste es el cuerpo mío», y toma el cáliz y dice «ésta es la sangre mía de la Alianza, la cual por muchos se derrama» (Mt 26:26-28; Mc 14:22-24). Son las palabras de Moisés al sellar la antigua alianza, ahora dichas de su propia sangre. Y manda a los apóstoles hacer esto en memoria suya (Lc 22:19-20), con una palabra, anámnesis (ἀνάμνησις), que en el culto judío no designaba un simple recuerdo, sino la actualización de lo que se conmemoraba.

La fe de los apóstoles

El resto del Nuevo Testamento muestra que así lo entendió la Iglesia desde el principio. Los discípulos de Emaús reconocen a Jesús resucitado al partir el pan (Lc 24:30-35). Los primeros cristianos perseveran en la fracción del pan (Hch 2:42) y se reúnen el primer día de la semana para celebrarla (Hch 20:7). San Pablo enseña que el cáliz de bendición es comunión, koinonía (κοινωνία), con la sangre de Cristo y el pan que partimos, comunión con su cuerpo (1 Cor 10:16). Transmite lo que él mismo recibió del Señor sobre la última cena y advierte que quien come el pan o bebe el cáliz indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor, porque come su propia condenación si no discierne el cuerpo (1 Cor 11:23-29). Nadie es reo del cuerpo de alguien por maltratar un símbolo. Y la Carta a los Hebreos afirma que los cristianos tienen un altar del cual no tienen derecho a comer los que sirven al antiguo tabernáculo (Heb 13:10).

La fe de los primeros cristianos

Hacia el año 107, san Ignacio de Antioquía, discípulo del apóstol Juan según la tradición, advierte que los herejes «se apartan de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la que padeció por nuestros pecados, la que el Padre resucitó por su bondad» (Carta a los Esmirniotas 7, 1). Y camino del martirio escribe a los romanos: «Quiero el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David, y por bebida quiero su sangre, que es amor incorruptible» (Carta a los Romanos 7, 3). Hacia el 155, san Justino, que recibió la fe en la generación siguiente a los apóstoles, explica a los paganos: «No recibimos esto como pan común ni como bebida común»: así como Jesucristo, por la Palabra de Dios, tomó carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos enseñó que el alimento sobre el que se dio gracias con la oración de su palabra es «la carne y la sangre de aquel mismo Jesús encarnado» (Primera Apología 66). Hacia el 180, san Ireneo de Lyon, discípulo de Policarpo, que lo había sido de Juan, usa la presencia real como un argumento que nadie discutía: ¿cómo podría el Señor, si fuera hijo de otro dios, tomar el pan de esta creación y declararlo su cuerpo, y el cáliz, su sangre? (Contra las herejías IV, 33, 2). Y enseña que el cáliz mezclado y el pan, al recibir la Palabra de Dios, se convierten en la Eucaristía del cuerpo y de la sangre de Cristo (Contra las herejías V, 2, 2-3).

Las catacumbas romanas conservan también el testimonio de los cristianos sencillos: en la catacumba de Priscila, el fresco llamado Fractio panis, «la fracción del pan», muestra una comida con canastas de pan; y en la de San Calixto aparece el pez, símbolo de Cristo, junto a una canasta de panes y un vaso de vino. Son pinturas del siglo III, anteriores a Constantino.

Así se cumple, de un modo que nadie podía imaginar, el nombre que anunció el profeta: Emmanuel, «Dios con nosotros» (Mt 1:23). En la Eucaristía, Cristo se queda entre los suyos verdadera, real y sustancialmente, como prometió: «Yo con vosotros estoy todos los días hasta la consumación del siglo» (Mt 28:20).

Lo que la Iglesia reconoció

La Iglesia enseña que en la Eucaristía están contenidos verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre de Cristo, junto con su alma y su divinidad. El IV Concilio de Letrán (1215) llamó transubstanciación al cambio de toda la sustancia del pan en su cuerpo y del vino en su sangre y el Concilio de Trento lo definió en 1551, frente a quienes reducían el sacramento a un símbolo (Catecismo 1374-1376).

Los testimonios de esta doctrina a lo largo de los siglos se reúnen en La doctrina eterna de la Iglesia Católica desde Jesús y los apóstoles.

Fundamentos bíblicos (1)

  • 1 Cor 10:16-17 · Un solo pan, un solo cuerpo
    «El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Dado que uno es el pan, un cuerpo somos los muchos; pues todos participamos del único Pan.»1 Cor 10:16-17, Biblia de Straubinger

    La Eucaristía es comunión real con el cuerpo y la sangre de Cristo, y por eso hace de la Iglesia un solo cuerpo.

Objeciones (4)

  • Jesús también dijo «Yo soy la puerta» y «Yo soy la vid», y no eran literales

    Con esas imágenes nadie se escandalizó ni se fue. En Juan 6, en cambio, los oyentes entendieron el sentido literal, discutieron, muchos se fueron, y Jesús no los retuvo: insistió en que su carne es verdadera comida.

  • «Haced esto en memoria mía»: es solo un recuerdo

    La palabra griega anámnesis (ἀνάμνησις) designaba en el culto judío la actualización de lo que se conmemoraba, no un simple recuerdo. Y san Pablo advierte que quien come indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1 Cor 11:27).

    San Pablo muestra cómo entendían ese mandato: transmite lo que él mismo recibió del Señor, y explica que cada vez que se come este pan y se bebe este cáliz, se anuncia la muerte del Señor hasta que Él venga (1 Cor 11:23-26). La memoria no es un simple recuerdo, sino el cumplimiento del mandato: hacer lo que Él hizo. Y en el mismo pasaje advierte que quien come o bebe indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1 Cor 11:27), algo que no podría decirse de un símbolo.

  • La Ley prohíbe beber sangre (Lv 17:10-14)

    La prohibición se refería a la sangre de los animales. Aquí es Cristo mismo quien manda beber su sangre, y la da bajo la apariencia del vino.

    Además, Jesús no está sujeto a la Ley como uno más: es su Señor. Él mismo dijo que «Señor del sábado es el Hijo del hombre» (Mt 12:8), y corrigió con autoridad propia lo que se había dicho a los antiguos: «Habéis oído que se dijo… Pero Yo os digo» (Mt 5:21-48). El que dio la Ley es quien manda beber su sangre.

  • Cristo se ofreció una sola vez (Heb 10:10); la Misa repite su sacrificio

    La Misa no repite el sacrificio de la cruz: lo hace presente, porque es el mismo sacrificio ofrecido una sola vez (Catecismo 1366-1367). Malaquías ya anunciaba una ofrenda pura en todo lugar (Mal 1:11), y la Didaché la aplicaba a la Eucaristía (Didaché 14, 3).

Fuentes

Versiones de la Biblia

  • Biblia de Straubinger (Universidad Católica de La Plata, 2.ª ed., 2009)
  • Texto griego del Nuevo Testamento

Textos citados

  • San Ignacio de Antioquía, Carta a los Esmirniotas 7, 1 (c. 107)
  • San Justino, Primera Apología 66 (c. 155)
  • IV Concilio de Letrán (1215)
  • Concilio de Trento, sesión XIII (1551)
  • Catecismo de la Iglesia Católica 1374-1376 (1992)
  • San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos 7, 3 (c. 107)
  • San Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV, 33, 2 y V, 2, 2-3 (c. 180)
  • Didaché 14, 3 (c. 90-100)

Los textos bíblicos se citan según la Biblia de Straubinger. Los textos de los Padres de la Iglesia y de los concilios se citan en traducción directa del original.

Cómo citar este tema

Para quien busca la Verdad. (2026, 19 de octubre). La presencia real de Cristo en la Eucaristía. Recuperado el 21 de octubre de 2026, de https://veritasveritatum.com/es/presencia-real/

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