¿Sola Escritura, o también Magisterio y Tradición?
Lectura: 7 minutos · Actualizado el 21 de octubre de 2026
Michael Pacher, Retablo de los Padres de la Iglesia (c. 1480). Vía Wikimedia Commons.
Primero fueron el Magisterio y la Tradición
Durante siglos, la Revelación se enseñó y se transmitió de viva voz. Abraham, Isaac y Jacob no tuvieron Biblia: recibieron la Palabra de Dios y la transmitieron a sus hijos. La puesta por escrito fue gradual. Moisés comenzó a escribir las palabras del Señor (Ex 24:4) y la mayor parte de los libros del Antiguo Testamento tomó forma a partir de la monarquía, hacia el año 1000 a. C. El Pentateuco alcanzó su forma definitiva después del regreso del destierro de Babilonia, cuando Esdras leyó públicamente la Ley ante el pueblo reunido, en el siglo V a. C. (ver Cómo llegó el Antiguo Testamento hasta nosotros). Y aun cuando hubiera textos escritos, su interpretación era explicada por quienes tenían la autoridad para hacerlo.
Dios quiso que el texto requiriera quien lo enseñara
El hebreo se escribía solo con consonantes. Imaginemos un libro al que le quitaron todas las vocales y los signos de puntuación: sin alguien que enseñe cómo se lee, el texto no puede leerse con certeza y admite más de un sentido. Las tres consonantes DBR (דבר), por ejemplo, en hebreo pueden leerse dabar (דָּבָר), palabra, dibber (דִּבֶּר), habló, o déver (דֶּבֶר), peste. Y la diferencia no es teórica: en Isaías 9:8, el texto hebreo que se conservó dice que el Señor envió una palabra (dabar) contra Jacob, mientras que la antigua traducción griega leyó que el Señor envió la muerte, porque entendió déver, «peste».
La propia Biblia muestra lo que está en juego:
- En Génesis 47:31, las consonantes MṬH (מטה) pueden leerse mittah (מִטָּה), cama, o matteh (מַטֶּה), bastón. El texto hebreo que se conservó dice que Jacob se inclinó sobre la cabecera de su cama, mientras que la antigua traducción griega leyó «bastón» y así lo cita la Carta a los Hebreos (11:21).
- En Amós 9:12, el nombre Edom (אֱדוֹם) y la palabra adam (אָדָם), hombre, solo se distinguen por una letra que la escritura antigua a menudo omitía. El texto hebreo habla de poseer «el resto de Edom». En el Concilio de Jerusalén, Santiago cita la lectura griega, que difiere también en el verbo y habla de que busquen al Señor «el resto de los hombres» (Hch 15:17).
- El nombre de Dios, YHWH (יהוה), se leía por respeto Adonai (אֲדֹנָי), «Señor», y los masoretas le pusieron las vocales de Adonai para indicarlo. Siglos después, lectores que desconocían esa tradición combinaron las consonantes de un nombre con las vocales del otro y así nació la forma «Jehová», que no corresponde a ninguna pronunciación antigua. Aparece por primera vez hacia 1278, en el Pugio fidei del fraile dominico Ramón Martí; la difundió en 1518 el franciscano Pietro Galatino, y de allí pasó a las primeras Biblias protestantes en castellano, como la de Casiodoro de Reina (1569). Los Testigos de Jehová la colocan 237 veces en el Nuevo Testamento, aunque en ningún manuscrito griego aparece el nombre YHWH: donde ellos ponen «Jehová», el texto dice Kýrios (Κύριος), «Señor», o Theós (Θεός), «Dios».
La tradición, escrita alrededor del texto
Recién más de seiscientos años después de Cristo, entre los siglos VII y X, los copistas judíos llamados masoretas pusieron por escrito la lectura que hasta entonces se transmitía de memoria. Su nombre viene de masorá (מָסֹרָה), que significa justamente «tradición»: lo que se recibe y se transmite. No modificaron las consonantes, que consideraban intocables; escribieron la tradición alrededor de ellas: las vocales como puntos y trazos arriba, abajo y dentro de las letras; signos que marcaban la puntuación y la entonación; y notas en los márgenes laterales, superior e inferior. Aun después de escritas las vocales, el texto siguió exigiendo la interpretación dada por la tradición: en muchos pasajes, los masoretas conservaron lo escrito tal como lo recibieron y anotaron al margen que debía leerse de otra manera. El texto hebreo en que se basan hoy las traducciones del Antiguo Testamento, católicas y protestantes, es ese texto masorético: la Escritura leída a través de la tradición (ver Cómo llegó el Antiguo Testamento hasta nosotros).
Dios puso quien enseñara
Por eso la Escritura misma muestra que Dios no dejó su Palabra librada a la interpretación de cada uno. Mandó acudir a los sacerdotes y al juez en los casos difíciles (Dt 17:8-11) y enseñó que los labios del sacerdote guardan la doctrina (Mal 2:7). Cuando Esdras leyó la Ley, los levitas la explicaban para que el pueblo entendiera (Neh 8:8). Jesús reconoció la autoridad de quienes se sentaban en la cátedra de Moisés, aun con sus defectos (Mt 23:2-3). Aun un profeta como Daniel, al estudiar las Escrituras, necesitó que el ángel Gabriel le diera inteligencia (Dn 9:2 y 22). Los discípulos de Emaús conocían la Escritura, pero no la entendían hasta que Jesús se la explicó (Lc 24:27). Apolo, un hombre muy versado en las Escrituras, tuvo que ser instruido con mayor exactitud por Priscila y Áquila (Hch 18:24-26). Y el funcionario etíope le preguntó a Felipe cómo podría entender si nadie lo guiaba (Hch 8:31). San Pablo pide conservar las tradiciones recibidas de palabra o por carta (2 Tes 2:15).
Cuando ese principio se abandona y cada uno queda como intérprete último de la Escritura, el resultado es la división: el protestantismo, que parte de la libre interpretación, se fragmentó en miles de denominaciones (según algunos recuentos, decenas de miles), que enseñan cosas distintas y a veces contrarias sobre el bautismo, la Eucaristía o la salvación. No es eso lo que Jesús pidió al Padre: «que todos sean uno» (Jn 17:21; ver La única Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo).
Dios no conservó los originales
Si a Dios le hubiera bastado el texto, podría haber conservado los escritos originales de los profetas y de los apóstoles. Lo había hecho una vez: las tablas de la Ley se guardaron, por mandato suyo, dentro del arca de la alianza (Dt 10:1-5; cf. Heb 9:4). Pero ni siquiera ellas se conservaron: el arca se perdió cuando los babilonios destruyeron Jerusalén, en el 587 a. C. (cf. 2 Mac 2:4-8). Y para el resto de la Escritura no hubo ningún mandato semejante: no se conserva ninguno, y lo que tenemos son copias de copias, que difieren entre sí en miles de detalles (ver Problemas en la transmisión de la Escritura). La mayoría de esas diferencias son menores, y el texto se conoce hoy con gran seguridad; pero algunas afectan a pasajes enteros, como el final del Evangelio de Marcos (Mc 16:9-20) o el relato de la mujer adúltera (Jn 7:53-8:11), que faltan en algunos manuscritos antiguos. Quien solo tiene el texto no puede saber por sí mismo si esos pasajes son Escritura. La Iglesia sí puede, porque los recibió y los leyó desde la antigüedad: por eso el Concilio de Trento definió que los libros sagrados deben recibirse «con todas sus partes, tal como se acostumbró leerlos en la Iglesia católica» (sesión IV, 1546). Dios no dejó su Palabra encerrada en unos pergaminos, sino confiada a una Iglesia que la custodia.
Tres que nunca se separaron
Escritura, Tradición y Magisterio no son un invento posterior: son el modo en que Dios se comunicó con su pueblo desde el principio. La enseñanza y la tradición vinieron primero y la Escritura nació dentro de ellas. San Pablo lo muestra cuando resume la fe que predicaba como algo que él mismo había recibido y transmitía (1 Cor 15:3-5). Y lo mismo dice del relato de la Última Cena, que transmitió a los corintios tal como lo había recibido (1 Cor 11:23-25). Escribía hacia el año 55, antes de que se escribiera cualquiera de los evangelios: la Eucaristía se celebraba y su institución se transmitía de viva voz, como tradición, antes de estar escrita. En ningún pasaje la Biblia enseña que la Escritura deba quedar sola, ni revoca la autoridad de enseñar. La doctrina de la «sola Escritura» aparece como principio en el siglo XVI con Martín Lutero, que la formuló durante sus disputas con la Iglesia a partir de 1519. Durante los quince siglos anteriores no fue la fe de la Iglesia, ni lo fue nunca para el pueblo de Israel, que antes y después de Cristo leyó la Escritura a través de la enseñanza de sus maestros, como lo sigue haciendo el judaísmo hasta hoy, que recibe junto a la Ley escrita la tradición oral recogida en la Mishná y el Talmud. Como enseña el Concilio Vaticano II, las tres están unidas de tal modo que ninguna se sostiene sin las otras (Dei Verbum 10).
Los testimonios de esta doctrina a lo largo de los siglos se reúnen en La doctrina eterna de la Iglesia Católica desde Jesús y los apóstoles.
Fundamentos bíblicos (30)
Dt 17:8-11 · Los casos difíciles se llevan a los sacerdotes y al juez
«Cuando te resultare demasiado difícil resolver una causa entre sangre y sangre, entre derecho y derecho, entre herida y herida y (otras) cuestiones litigiosas en tus puertas, te levantarás y subirás al lugar escogido por Yahvé, tu Dios, e irás a los sacerdotes, hijos de Leví, y al juez que hubiere entonces, y los consultarás; y ellos te resolverán el caso conforme al derecho. Haz según la sentencia que te anuncien desde aquel lugar que Yahvé haya escogido, y pon cuidado en hacer conforme a todo lo que te enseñaren. Según la ley que ellos te enseñaren, y según la sentencia dada por ellos, así has de hacer. No te apartes de la sentencia que te hayan manifestado, ni a la diestra ni a la izquierda.»Dt 17:8-11, Biblia de Straubinger
Dios no dejó las cuestiones difíciles a la interpretación de cada uno: estableció una autoridad cuya sentencia debía acatarse.
Neh 8:8 · Los levitas explican la Ley
«Leían en el libro, en la Ley de Dios, clara y distintamente, explicando el sentido; de manera que se entendía lo leído.»Neh 8:8, Biblia de Straubinger
Leer el texto no bastaba: los levitas daban su sentido para que el pueblo lo entendiera.
Mal 2:7 · Los labios del sacerdote guardan la doctrina
«Porque los labios del sacerdote guardan la doctrina, y de sus labios se ha de aprender la Ley, porque él es mensajero de Yahvé de los ejércitos.»Mal 2:7, Biblia de Straubinger
El pueblo debía aprender la Ley de labios del sacerdote, mensajero del Señor.
Mt 23:2-3 · La cátedra de Moisés
«Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. Todo lo que ellos os mandaren, hacedlo, y guardadlo; pero no hagáis como ellos, porque dicen, y no hacen.»Mt 23:2-3, Biblia de Straubinger
Jesús reconoce la autoridad de enseñanza de quienes ocupaban la cátedra de Moisés, aunque reprocha su conducta. Esa cátedra no aparece en la Ley escrita: era una institución de la tradición.
Mt 28:19-20 · Enviados a enseñar
«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado. Y mirad que Yo con vosotros estoy todos los días, hasta la consumación del siglo.»Mt 28:19-20, Biblia de Straubinger
Jesús no mandó a los apóstoles a escribir, sino a enseñar todo lo que Él había mandado. La mayoría de ellos no dejó ningún escrito.
Lc 10:16 · Quien los escucha, me escucha
«Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a Mí me rechaza; ahora bien, quien me rechaza a Mí, rechaza a Aquel que me envió.»Lc 10:16, Biblia de Straubinger
La enseñanza de los enviados tiene la autoridad del mismo Cristo.
Jn 21:25 · No todo quedó escrito
«Jesús hizo también muchas otras cosas: si se quisiera ponerlas por escrito, una por una creo que el mundo no bastaría para contener los libros que se podrían escribir.»Jn 21:25, Biblia de Straubinger
El mismo Evangelio advierte que Jesús hizo muchas otras cosas que no se escribieron.
Hch 8:30-31 · ¿Cómo voy a entender si nadie me guía?
«Corrió, pues, Felipe hacia allá y oyendo su lectura del profeta Isaías, le preguntó: “¿Entiendes lo que estás leyendo?” Respondió él: “¿Cómo podría si no hay quien me sirva de guía?” Invitó, pues, a Felipe, a que subiese y se sentase a su lado.»Hch 8:30-31, Biblia de Straubinger
El funcionario etíope tenía el texto de Isaías, pero necesitó que Felipe se lo explicara.
2 Tes 2:15 · De palabra o por carta
«Así pues, hermanos, estad firmes y guardad las enseñanzas que habéis recibido, ya de palabra, ya por carta nuestra.»2 Tes 2:15, Biblia de Straubinger
San Pablo pone al mismo nivel lo transmitido de palabra y lo transmitido por escrito.
1 Tim 3:14-15 · Columna y cimiento de la verdad
«Esto te escribo, aunque espero ir a ti dentro de poco, para que, si tardare, sepas cómo debes portarte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y cimiento de la verdad.»1 Tim 3:14-15, Biblia de Straubinger
San Pablo no llama así a la Escritura sola, sino a la Iglesia.
2 Tim 2:2 · Transmitir a hombres fieles
«Y lo que me oíste en presencia de muchos testigos, eso mismo trasmítelo a hombres fieles, los cuales serán aptos para enseñarlo a otros.»2 Tim 2:2, Biblia de Straubinger
En un solo versículo hay cuatro eslabones de transmisión oral: Pablo, Timoteo, los hombres fieles y aquellos a quienes estos enseñarán.
2 Pe 3:16 · Pasajes difíciles que los ignorantes deforman
«Como que él habla de esto mismo en todas sus epístolas, en las cuales hay algunos pasajes difíciles de entender, que los ignorantes y superficiales deforman, como lo hacen, por lo demás, con las otras Escrituras, para su propia ruina.»2 Pe 3:16, Biblia de Straubinger
San Pedro advierte que en las cartas de Pablo hay pasajes difíciles de entender, que los ignorantes y superficiales deforman para su propia ruina. La Escritura no se explica sola.
Lv 10:11 · Los sacerdotes enseñan al pueblo
«Y enseñar a los hijos de Israel todos los preceptos que Yahvé les ha dado por medio de Moisés.»Lv 10:11, Biblia de Straubinger
Dios encarga a Aarón y a sus hijos enseñar a los israelitas todos los preceptos. La enseñanza de la Ley es una tarea confiada a personas determinadas.
Dt 33:10 · Los levitas enseñan la Ley
«Ellos enseñan tus juicios a Jacob, y tu ley a Israel.»Dt 33:10, Biblia de Straubinger
En la bendición de Moisés, a la tribu de Leví le corresponde enseñar los preceptos del Señor a Jacob.
2 Cr 17:7-9 · Enseñar con el libro en la mano
El rey Josafat envía jefes, levitas y sacerdotes por las ciudades de Judá, llevando consigo el libro de la Ley, para enseñar al pueblo. No bastaba con que el libro existiera: había que llevarlo y explicarlo.
Esd 7:10 · Esdras estudia y enseña
«Porque Esdras había aplicado su corazón al estudio de la Ley de Yahvé, para cumplirla y para enseñar en Israel las leyes y los preceptos.»Esd 7:10, Biblia de Straubinger
Esdras dedicó su corazón a estudiar la Ley del Señor, a cumplirla y a enseñarla en Israel.
Is 29:11-12 · El libro sellado
«Toda visión es para vosotros como las palabras de un libro sellado, que se le da a uno que sabe leer, diciendo: «Lee esto»; pero él responde: «No puedo, porque está sellado». Luego se da el libro a quien no sabe leer, diciendo: «Lee esto», y él responde: «No entiendo de escritura».»Is 29:11-12, Biblia de Straubinger
El que sabe leer dice que no puede, porque está sellado, y el que no sabe leer dice que no sabe. Sin quien abra el sentido, el texto queda cerrado.
Dn 9:2 y 22 · Daniel lee, y el ángel le da inteligencia
«El año primero de su reinado, yo, Daniel, estaba estudiando en los libros el número de los setenta años de que Yahvé había hablado al profeta Jeremías y durante los cuales debía cumplirse la desolación de Jerusalén. […] Y me instruyó, y habló conmigo diciendo: «Daniel, he venido ahora para darte inteligencia».»Dn 9:2 y 22, Biblia de Straubinger
Un profeta estudia en los libros la profecía de Jeremías y necesita que Gabriel venga a darle entendimiento.
Mt 13:36 · Explícanos la parábola
«Entonces, despidió a la multitud y volvió a la casa. Y los discípulos se acercaron a Él y dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo».»Mt 13:36, Biblia de Straubinger
Los propios discípulos piden a Jesús que les explique lo que acaban de oír.
Mc 4:34 · A sus discípulos se lo explicaba todo
«Y no les hablaba sin parábolas, pero en particular, se lo explicaba todo a los discípulos que eran suyos.»Mc 4:34, Biblia de Straubinger
Jesús hablaba al pueblo en parábolas, y a sus discípulos, aparte, se lo explicaba todo.
Lc 24:27 · Les explicó las Escrituras
«Y comenzando por Moisés, y por todos los profetas, les hizo hermenéutica de lo que en todas las Escrituras había acerca de Él.»Lc 24:27, Biblia de Straubinger
Dos discípulos que conocían la Escritura no la entendían sin la explicación de Jesús.
Lc 24:45 · Les abrió la inteligencia
«Entonces les abrió la inteligencia para que comprendiesen las Escrituras.»Lc 24:45, Biblia de Straubinger
Ante los Once, Jesús les abre la inteligencia para que comprendan las Escrituras.
Jn 2:22 y 12:16 · Entendieron después
«Y cuando hubo resucitado de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que había dicho esto, y creyeron a la Escritura y a la palabra que Jesús había dicho. […] Esto no entendieron sus discípulos al principio; mas cuando Jesús fue glorificado, se acordaron de que esto había sido escrito de Él, y que era lo que habían hecho con Él.»Jn 2:22 y 12:16, Biblia de Straubinger
Los discípulos solo comprendieron el sentido de algunas palabras de Jesús y de la Escritura después de la resurrección.
Hch 17:2-3 · san Pablo explica en la sinagoga
«Pablo, según su costumbre, entró a ellos, y por tres sábados disputaba con ellos según las Escrituras, explicando y haciendo ver cómo era preciso que el Cristo padeciese y resucitase de entre los muertos, y que este Jesús a quien (dijo) yo os predico, es el Cristo.»Hch 17:2-3, Biblia de Straubinger
Durante tres sábados, Pablo discute a partir de las Escrituras, explicándolas y demostrando que el Mesías debía padecer y resucitar.
Hch 18:24-26 · Apolo, instruido por Priscila y Áquila
«Vino a Éfeso cierto judío de nombre Apolo, natural de Alejandría, varón elocuente y muy versado en las Escrituras. Éste, instruido acerca del camino del Señor, hablaba en el fervor de su espíritu y enseñaba con exactitud las cosas tocantes a Jesús, pero sólo conocía el bautismo de Juan. Se puso a hablar con denuedo en la sinagoga; mas cuando le oyeron Priscila y Aquila, le llevaron consigo y le expusieron más exactamente el camino de Dios.»Hch 18:24-26, Biblia de Straubinger
Un hombre elocuente y muy versado en las Escrituras necesitó que le expusieran con mayor exactitud el camino de Dios.
Rom 10:14 · ¿Cómo oirán sin quien les predique?
«Ahora bien, ¿cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán en Aquel de quien nada han oído? Y ¿cómo oirán, sin que haya quien predique?»Rom 10:14, Biblia de Straubinger
La fe llega por la predicación de quienes son enviados.
Ef 4:11-14 · Pastores y maestros, para no ser llevados por cualquier doctrina
«Y Él a unos constituyó apóstoles, y a otros profetas, y a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del (pleno) conocimiento del Hijo de Dios, al estado de varón perfecto, alcanzando la estatura propia del Cristo total, para que ya no seamos niños fluctuantes y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, al antojo de la humana malicia, de la astucia que conduce engañosamente al error.»Ef 4:11-14, Biblia de Straubinger
Cristo dio a su Iglesia pastores y maestros, para que los fieles no sean arrastrados por todo viento de doctrina.
2 Tim 2:15 · Exponer rectamente la palabra de verdad
«Empéñate en presentarte ante Dios como hombre probado, como obrero que no se avergüenza y que con rectitud dispensa la palabra de la verdad.»2 Tim 2:15, Biblia de Straubinger
La Escritura puede exponerse bien o mal; por eso san Pablo pide a Timoteo que lo haga con rectitud.
Ap 5:1-5 · Nadie podía abrir el libro
«Y vi en la diestra de Aquel que estaba sentado sobre el trono un libro, escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso que, a gran voz, pregonaba: «¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?» Y nadie en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aún fijar los ojos en él. Y yo lloraba mucho porque nadie era hallado digno de abrir el libro, ni de fijar en él los ojos. Entonces me dijo uno de los ancianos: «No llores. Mira: el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha triunfado, de suerte que abra el libro y sus siete sellos».»Ap 5:1-5, Biblia de Straubinger
El libro sellado que nadie en el cielo ni en la tierra podía abrir ni leer, hasta que lo abre el Cordero.
1 Cor 15:3-5 · «Lo que yo mismo recibí»
«Porque os trasmití ante todo lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado; y que fue resucitado al tercer día, conforme a las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los Doce.»1 Cor 15:3-5, Biblia de Straubinger
San Pablo usa los verbos con que los judíos describían la transmisión de una tradición: recibir y transmitir. Lo que entrega a los corintios no lo escribió él: es un resumen de la fe que recibió de quienes lo precedieron, y que se transmitía de viva voz antes de que existiera ningún evangelio escrito. El mismo lenguaje usa al hablar de la Eucaristía (1 Cor 11:23).
Objeciones (4)
«Toda Escritura es inspirada por Dios» (2 Tim 3:16), por lo tanto la Biblia basta
San Pablo dice que la Escritura es inspirada y útil para enseñar, no que sea suficiente por sí sola. Además, cuando san Pablo escribió esa carta, el Nuevo Testamento todavía no estaba completo: la «Escritura» a la que se refería era el Antiguo Testamento. Y ni siquiera ese Antiguo Testamento tenía una lista cerrada: las distintas comunidades judías no coincidían en cuántos libros eran sagrados, o, como decían los rabinos, cuáles «manchan las manos» (ver ¿Cuál es el canon bíblico?). Para Jesús y los apóstoles, que predicaban en un mundo de habla griega, era la Septuaginta, con los libros deuterocanónicos (ver La Biblia de Jesús y los apóstoles). Si esa frase significara que la Escritura basta, habría bastado el Antiguo Testamento, y los evangelios y las cartas sobrarían.
La misma carta muestra lo contrario. San Pablo le pide a Timoteo que permanezca en lo que aprendió, sabiendo de quiénes lo aprendió (2 Tim 3:14), y le manda transmitir de viva voz lo que recibió: «Y lo que me oíste en presencia de muchos testigos, eso mismo trasmítelo a hombres fieles, los cuales serán aptos para enseñarlo a otros» (2 Tim 2:2). En un solo mandato aparecen cuatro generaciones de esa transmisión: san Pablo, Timoteo, los hombres fieles a quienes él enseñe y los otros a quienes enseñarán aquellos. Es decir, una enseñanza transmitida de viva voz, por personas con autoridad para enseñar: tradición y magisterio.
Jesús condenó las tradiciones de los hombres (Mc 7:8)
Jesús no condena toda tradición, sino las costumbres humanas que anulaban el mandamiento de Dios. El caso concreto que menciona es el de quienes declaraban sus bienes ofrenda al templo para no ayudar a sus padres (Mc 7:9-13). Tradiciones así contradecían la Palabra de Dios; la Tradición apostólica, en cambio, es la misma Palabra transmitida.
El resto del Nuevo Testamento lo confirma. Jesús mandó cumplir lo que enseñaban quienes ocupaban la cátedra de Moisés (Mt 23:2-3). San Pablo elogia a los corintios por conservar las tradiciones tal como él se las transmitió (1 Cor 11:2) y pide mantenerlas, se hayan recibido de palabra o por carta (2 Tes 2:15). La Iglesia distingue además la Tradición apostólica, que viene de Cristo, de las costumbres y normas que pueden cambiar con el tiempo (Catecismo 83).
«No añadan nada a lo escrito» (Ap 22:18-19)
La advertencia se refiere a «las palabras de la profecía de este libro», es decir, al Apocalipsis. Cuando se escribió, la Biblia no existía como un solo volumen: cada libro circulaba por separado y el canon del Nuevo Testamento se fijó siglos después (ver ¿Cuál es el canon bíblico?).
Moisés había dado una advertencia casi idéntica: no añadir ni quitar nada a lo que él mandaba (Dt 4:2). Si esa frase prohibiera cualquier escrito posterior, todos los libros de la Biblia que siguen al Deuteronomio, incluido el propio Apocalipsis, estarían de más. En ambos casos se protege la integridad de un mensaje, no se clausura la Revelación ni se excluye la Tradición.
«En la Escritura está todo lo necesario para la salvación, y es claro para todos» (Confesión de Westminster, 1646)
La Confesión de Westminster, principal documento de fe de las iglesias presbiterianas, enseña que todo lo necesario para la salvación, la fe y la vida está expresamente en la Escritura o se deduce de ella «por consecuencia buena y necesaria», y que nada debe agregársele, ni por nuevas revelaciones ni por tradiciones humanas (capítulo I, 6). Enseña además que «la regla infalible de interpretación de la Escritura es la Escritura misma» y que lo necesario para la salvación está expuesto con tanta claridad que no solo los instruidos, sino también los sencillos, pueden entenderlo usando debidamente los medios ordinarios (capítulo I, 7 y 9).
La propia Escritura no dice eso de sí misma. San Pedro advierte que en las cartas de Pablo hay pasajes difíciles de entender, que los ignorantes y superficiales deforman para su propia ruina (2 Pe 3:16). El funcionario etíope tenía el texto de Isaías y no podía entenderlo si nadie lo guiaba (Hch 8:31). Apolo conocía muy bien las Escrituras y aun así necesitó que se le expusiera con mayor exactitud el camino de Dios (Hch 18:26). Y los discípulos de Emaús no las entendieron hasta que Jesús se las explicó (Lc 24:27).
Además, la historia desmiente ese principio. Las comunidades que lo sostienen, leyendo la misma Biblia con sinceridad, llegan a conclusiones opuestas precisamente sobre cuestiones que consideran necesarias: si el bautismo salva o es solo un signo, si puede darse a los niños, si Cristo está presente en la Eucaristía, si la salvación puede perderse. Si lo necesario fuera claro para todos, no habría miles de denominaciones (según algunos recuentos, decenas de miles) divididas en esos puntos. La misma Confesión reconoce que hacen falta «los medios ordinarios», es decir, la predicación y la enseñanza: justamente lo que Dios dio a su Iglesia al poner quien enseñara.
Y la Escritura tampoco dice que lo contenga todo. Ningún versículo afirma que todo lo necesario para la salvación esté escrito; al contrario, san Juan advierte que Jesús hizo muchas otras cosas que no se escribieron (Jn 21:25), y san Pablo manda conservar tanto lo que enseñó por carta como lo que enseñó de palabra (2 Tes 2:15). Además, hay algo necesario que la Escritura no contiene: la lista de sus propios libros. Quien afirma que todo está en la Biblia necesita saber antes qué libros son la Biblia, y eso no lo dice ningún versículo, sino la Iglesia (ver ¿Quién tiene la autoridad para decidir qué libros componen la Biblia?). Por eso la Iglesia enseña que no saca solo de la Escritura la certeza de todo lo revelado, y que la Escritura y la Tradición deben recibirse con el mismo respeto (Dei Verbum 9).
Fuentes
Versiones de la Biblia
- Biblia de Straubinger (Universidad Católica de La Plata, 2.ª ed., 2009)
- Texto hebreo masorético
- Texto griego del Nuevo Testamento
- Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento)
Textos citados
- Concilio Vaticano II, Dei Verbum 9-10 (1965)
- Catecismo de la Iglesia Católica 80-83 y 95 (1992)
- Confesión de fe de Westminster, capítulo I, 7 y 9 (1646)
Los textos bíblicos se citan según la Biblia de Straubinger. Los textos de los Padres de la Iglesia y de los concilios se citan en traducción directa del original.
Cómo citar este tema
Para quien busca la Verdad. (2026, 21 de octubre). ¿Sola Escritura, o también Magisterio y Tradición? Recuperado el 21 de octubre de 2026, de https://veritasveritatum.com/es/sola-escritura/
Cita copiada
Para quien busca la Verdad