La intercesión de los santos
Lectura: 6 minutos · Actualizado el 17 de octubre de 2026
Fra Angelico, Los precursores de Cristo con santos y mártires (c. 1423-1424). Vía Wikimedia Commons.
Dios quiere que unos oren por otros
Desde el principio, Dios quiso que su pueblo orara unos por otros. Abraham intercede por Sodoma y regatea con Dios hasta obtener que no destruirá la ciudad si hay en ella diez justos (Gn 18:22-33). Moisés intercede por el pueblo después del becerro de oro y Dios desiste del castigo (Ex 32:11-14); mientras mantiene los brazos en alto, Israel vence a Amalec (Ex 17:11-12). Samuel reúne al pueblo en Mispá para orar por ellos y le dice que lejos esté de él pecar contra el Señor dejando de orar por ellos (1 Sam 7:5; 12:23). Elías ora por el hijo de la viuda y el niño vuelve a la vida (1 Re 17:20-22).
Dios mismo manda acudir a un intercesor
En dos ocasiones, es Dios quien indica a alguien que busque la oración de otro. Cuando el rey Abimelec tomó a Sara sin saber que era mujer de Abraham, Dios le dijo en sueños que la devolviera, porque Abraham era profeta y oraría por él para que viviera (Gn 20:7 y 17). Y al final del libro de Job, Dios dice a los amigos de Job que vayan a él y ofrezcan un sacrificio, porque Job orará por ellos y Él aceptará su oración (Job 42:8). Dios podía perdonarlos directamente, pero quiso hacerlo por medio de la oración de un justo.
También los que ya murieron
Hay en el Antiguo Testamento un indicio de que la intercesión de los justos no termina con la muerte. Por medio de Jeremías, Dios dice a su pueblo infiel que, aunque Moisés y Samuel se presentaran delante de Él, no se conmovería por ese pueblo (Jer 15:1). Moisés y Samuel habían muerto siglos antes y, sin embargo, Dios habla de ellos como de intercesores que podrían presentarse ante Él. Y el segundo libro de los Macabeos narra una visión de Judas Macabeo (ver ¿Cuál es el canon bíblico?): vio al sumo sacerdote Onías, ya muerto, orando con las manos extendidas por los judíos y luego a un hombre venerable y glorioso, del que Onías dijo que era Jeremías, el profeta de Dios, el amigo de sus hermanos, que ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa (2 Mac 15:12-14). También los ángeles interceden: el ángel del Señor pregunta a Dios hasta cuándo no tendrá piedad de Jerusalén (Zac 1:12) y el ángel Rafael dice a Tobías que presentaba su oración al Señor (Tob 12:12; ver ¿Cuál es el canon bíblico?).
Los que murieron en Cristo no quedan separados de Él ni de nosotros: «ni muerte, ni vida […] ni otra creatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús nuestro Señor» (Rom 8:38-39). Por eso la Carta a los Hebreos dice a los cristianos: «os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén celestial, miríadas de ángeles, asamblea general, e Iglesia de primogénitos, inscritos en el cielo, a Dios, Juez de todos, a espíritus de justos ya perfectos, a Jesús, Mediador de nueva Alianza» (Heb 12:22-24): la Iglesia de la tierra y la del cielo forman una sola asamblea. En la transfiguración, Moisés y Elías, muertos siglos antes, aparecen conversando con Jesús (Mt 17:3; Lc 9:30-31). Y en la parábola del rico y Lázaro, Jesús muestra al rico, después de su vida terrena, preocupado todavía por los suyos y pidiendo por sus cinco hermanos que viven en la tierra (Lc 16:27-28).
La oración del justo puede mucho
El Nuevo Testamento continúa esta enseñanza. San Pablo pide constantemente a las comunidades que oren por él (Rom 15:30; Ef 6:18-19; 2 Tes 3:1) y manda hacer oraciones por todos los hombres (1 Tim 2:1). Santiago enseña que la oración ferviente del justo puede mucho y pone como ejemplo a Elías (Sant 5:16-18). Pedir a otro que ore por nosotros no quita nada a Dios: es obedecerle.
Vivos para Dios
La pregunta es si los santos que ya murieron pueden hacerlo. Jesús responde que Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven (Lc 20:38). En la transfiguración, Moisés y Elías conversan con Jesús sobre la muerte que iba a padecer en Jerusalén (Lc 9:30-31): conocen lo que ocurre en la tierra. Jesús enseña que en el cielo hay alegría por un pecador que se convierte (Lc 15:7 y 10). Y la Carta a los Hebreos dice que estamos rodeados de una gran nube de testigos (Heb 12:1), los espíritus de los justos llegados a la perfección (Heb 12:23).
Las oraciones de los santos ante el trono
El Apocalipsis muestra lo que ocurre en el cielo. Los veinticuatro ancianos se postran ante el Cordero con copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos (Ap 5:8). Un ángel ofrece ante el altar de oro mucho incienso, con las oraciones de todos los santos y el humo sube hasta Dios (Ap 8:3-4). Y las almas de los mártires, bajo el altar, claman a Dios por lo que ocurre en la tierra (Ap 6:9-10). Los santos en el cielo no están dormidos ni ajenos: presentan ante Dios las oraciones de su pueblo.
Los mártires del Apocalipsis, ya muertos, claman a Dios por lo que ocurre en la tierra, y su oración tiene consecuencias en ella: piden que Dios haga justicia sobre los habitantes de la tierra, y Dios les responde (Ap 6:9-11). Es una oración de los santos del cielo que actúa sobre la historia de la tierra.
La fe de los primeros cristianos
Hacia el año 252, san Cipriano, obispo de Cartago, escribe al papa Cornelio: «Si alguno de nosotros, por la bondad de Dios, parte primero de aquí, que nuestro amor continúe ante el Señor, y que no cese la oración por nuestros hermanos» (Carta 60, 5). Y bajo la basílica de San Sebastián, en Roma, se conservan cientos de inscripciones del siglo III grabadas por los peregrinos en el lugar donde se veneraba a los apóstoles, como esta: «Pablo y Pedro, rogad por Víctor».
Una de las oraciones marianas más antiguas que se conservan se encontró en un papiro egipcio (papiro Rylands 470), que muchos estudiosos datan en el siglo III, aunque otros lo ubican algo después: «Bajo tu misericordia nos refugiamos, Madre de Dios; no desprecies nuestras súplicas en la necesidad, sino líbranos del peligro, tú, la sola pura, la sola bendita». La Iglesia la sigue rezando hoy, con el nombre de «Bajo tu amparo». Y en las catacumbas romanas, muchos epitafios piden al difunto que rece por los vivos: «Vive en Dios y ruega por nosotros».
Lo que la Iglesia reconoció
La Iglesia enseña que los santos, unidos más íntimamente a Cristo, no dejan de interceder por nosotros ante el Padre, presentando los méritos que alcanzaron en la tierra por Cristo, único mediador (Lumen Gentium 49; Catecismo 956). El Concilio de Trento (1563) enseñó que es bueno y útil invocarlos. No se trata de consultar a los muertos, que la Ley prohíbe (Dt 18:10-11), sino de pedir la oración de los que viven en Dios, como pedimos la de un hermano en la tierra (ver María, madre de todos los cristianos).
Los testimonios de esta doctrina a lo largo de los siglos se reúnen en La doctrina eterna de la Iglesia Católica desde Jesús y los apóstoles.
Fundamentos bíblicos (8)
Gn 20:7 · Rogará por ti
«Devuelve, pues, la mujer de este hombre, porque es un profeta y rogará por ti, para que vivas; mas si no la devuelves, sabe que morirás indefectiblemente, tú con todos los tuyos.»Gn 20:7, Biblia de Straubinger
Dios mismo indica a Abimelec que busque la oración de Abraham.
Job 42:8 · Mi siervo Job orará por vosotros
«Ahora tomad siete becerros y siete carneros, e id a mi siervo Job, y ofreced por vosotros un holocausto. Mi siervo Job orará por vosotros, y Yo aceptaré su intercesión, de modo que no os haré mal por no haber hablado de Mí rectamente como mi siervo Job.»Job 42:8, Biblia de Straubinger
Dios perdona por medio de la oración de un justo.
Jer 15:1 · Moisés y Samuel
«Me dijo Yahvé: “Aun cuando Moisés y Samuel se me pusieran delante, mi alma no se inclinaría hacia este pueblo. ¡Arrójalos de mi vista, y que se vayan!»Jer 15:1, Biblia de Straubinger
Dios habla de dos justos ya muertos como de intercesores.
2 Mac 15:12-14 · Jeremías ruega por el pueblo
«Ésta fue la visión que tuvo: Se le representó que estaba viendo a Onías, Sumo Sacerdote, que había sido hombre lleno de bondad y de dulzura, de aspecto venerando, modesto en sus costumbres, y de gracia en sus discursos, y que desde niño se había ejercitado en la virtud; el cual, levantadas las manos, oraba por todo el pueblo judío, y que después se le había aparecido otro varón, respetable por su ancianidad, lleno de gloria, y rodeado por todos lados de magnificencia; y que Onías, dirigiéndole la palabra, le había dicho: “Éste es el amante de sus hermanos y del pueblo de Israel; éste es Jeremías, profeta de Dios, que ruega incesantemente por el pueblo y por toda la Ciudad Santa”;»2 Mac 15:12-14, Biblia de Straubinger
El profeta, ya muerto, ora por su pueblo (ver El canon bíblico).
Lc 20:38 · Todos para Él viven
«Porque, no es Dios de muertos, sino de vivos, pues todos para Él viven”.»Lc 20:38, Biblia de Straubinger
Los santos no están muertos para Dios.
Sant 5:16 · La oración del justo
«Por tanto, confesaos unos a otros los pecados y orad unos por otros para que seáis sanados: mucho puede la oración vigorosa del justo.»Sant 5:16, Biblia de Straubinger
La oración del justo tiene gran poder.
Ap 5:8 · Las oraciones de los santos
«Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada cual una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.»Ap 5:8, Biblia de Straubinger
En el cielo se presentan ante el Cordero las oraciones de los santos.
Rom 8:38-39 · Ni la muerte nos separa
«Porque persuadido estoy de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni cosas presentes, ni cosas futuras, ni potestades, ni altura, ni profundidad, ni otra creatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús nuestro Señor.»Rom 8:38-39, Biblia de Straubinger
La muerte no rompe la comunión de los que están unidos en el amor de Dios.
Objeciones (5)
«Los muertos no saben nada» (Ecl 9:5)
El Eclesiastés habla de la vida «bajo el sol» y de lo que el hombre puede ver en esta tierra. Jesús enseña que para Dios todos viven (Lc 20:38), y muestra a Moisés y Elías conversando sobre su pasión (Lc 9:30-31).
Hay un solo mediador, Jesucristo (1 Tim 2:5)
El versículo anterior manda orar por todos los hombres (1 Tim 2:1): la intercesión de unos por otros no compite con la mediación de Cristo (ver María, madre de todos los cristianos).
Y si la única mediación de Cristo no impide que los cristianos de la tierra oren unos por otros, como el mismo san Pablo pide en ese pasaje (1 Tim 2:1-4), tampoco lo impide en los que ya están con Él, porque Dios «no es Dios de muertos, sino de vivos» (Lc 20:38), y ni la muerte nos separa de su amor (Rom 8:38-39).
Invocar a los santos es espiritismo
La Ley prohíbe consultar a los muertos para obtener información (Dt 18:10-11). Pedir a los santos que oren por nosotros no busca revelaciones, sino la oración de quienes viven en Dios.
Podemos ir directamente a Dios
Por supuesto, y la Iglesia lo enseña. Pero la Escritura muestra que Dios quiere también que oremos unos por otros, y hasta manda buscar la oración de un justo (Job 42:8).
En las bodas de Caná, Jesús estaba presente, a pocos pasos de los novios, y sin embargo la necesidad le llegó por medio de su madre: «No tienen vino» (Jn 2:3). Él podía haberlo advertido por sí mismo, y no lo hizo: obró a pedido de María, aunque su hora todavía no había llegado, y así hizo su primer milagro (Jn 2:4 y 11). Que podamos ir directamente a Dios no quita que Él quiera obrar también por la intercesión de los suyos.
Los santos no pueden oír millones de oraciones a la vez: solo Dios es omnisciente
Los santos no conocen por su propia capacidad, sino porque Dios se lo da a conocer, como muestra la Escritura: en el cielo se sabe cuándo un pecador se convierte (Lc 15:10), y los ancianos presentan ante el trono las oraciones de los santos (Ap 5:8). No hace falta ser omnisciente para recibir de Dios ese conocimiento, y en la eternidad no rigen los límites del tiempo de esta vida.
Fuentes
Versiones de la Biblia
- Biblia de Straubinger (Universidad Católica de La Plata, 2.ª ed., 2009)
Textos citados
- San Cipriano, Carta 60, 5 (c. 252)
- Inscripciones de la Memoria de los Apóstoles, basílica de San Sebastián (c. 260)
- Concilio de Trento, sesión XXV (1563)
- Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 49-50 (1964)
- Catecismo de la Iglesia Católica 956 y 2683 (1992)
Los textos bíblicos se citan según la Biblia de Straubinger. Los textos de los Padres de la Iglesia y de los concilios se citan en traducción directa del original.
Cómo citar este tema
Para quien busca la Verdad. (2026, 17 de octubre). La intercesión de los santos. Recuperado el 21 de octubre de 2026, de https://veritasveritatum.com/es/intercesion-santos/
Cita copiada
Para quien busca la Verdad