¿Quién tiene la autoridad para decidir qué libros componen la Biblia?
Lectura: 5 minutos · Actualizado el 18 de octubre de 2026
Sandro Botticelli, San Agustín en su estudio (1480). Vía Wikimedia Commons.
La Biblia no trae su propio índice
La palabra «canon» viene del griego kanón (κανών), la vara que se usaba para medir, y de ahí «regla»: el canon es la lista de los libros que la Iglesia reconoce como Escritura inspirada. Pero en ninguna parte de las Escrituras se encuentra la lista de los libros sagrados. El índice que aparece al comienzo de cualquier Biblia no fue escrito por un profeta ni por un apóstol: no es Escritura. Y, sin embargo, sin ese índice, nadie sabría qué libros forman la Biblia. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿quién tuvo autoridad para decidir ese índice?
No era evidente
Los primeros cristianos no reconocieron los libros inspirados de manera automática. A comienzos del siglo IV, el historiador Eusebio de Cesarea distinguía los libros aceptados por todos de los antilegómena (ἀντιλεγόμενα), «discutidos»: entre ellos, la Carta de Santiago, la de Judas, la segunda de Pedro, la segunda y la tercera de Juan (Historia eclesiástica III, 25). La Carta a los Hebreos y el Apocalipsis también fueron discutidos durante siglos en distintas regiones. A la vez, algunas iglesias leían en la liturgia escritos que no quedaron en la Biblia: el Códice Sinaítico, uno de los manuscritos más antiguos, incluye la Carta de Bernabé y el Pastor de Hermas, y el Códice Alejandrino incluye la carta de san Clemente de Roma y otra atribuida a él. La primera lista conocida que coincide exactamente con los veintisiete libros del Nuevo Testamento es la de san Atanasio de Alejandría, en el año 367 (Carta festal 39).
La primera lista la hizo un hereje
El primero del que sabemos que armó su propia lista de libros sagrados fue Marción, un rico armador del Ponto que llegó a Roma y fue expulsado de la Iglesia hacia el año 144. Marción rechazaba el Antiguo Testamento y al Dios que en él se revela, y aceptaba solo una versión recortada del Evangelio de Lucas y diez cartas de san Pablo, de las que quitó lo que no coincidía con su doctrina. Su lista obligó a la Iglesia a decir con más claridad qué libros había recibido de los apóstoles, y muestra además que hacia el 140 las cartas de san Pablo ya circulaban reunidas.
La respuesta de la Iglesia se ve en los años siguientes. Hacia el 170, Taciano, discípulo de san Justino, compuso el Diatessaron, una armonía de los evangelios en un solo relato, hecha con los cuatro que hoy tenemos y con ningún otro. Hacia el 180, san Ireneo de Lyon, discípulo de Policarpo, que lo había sido del apóstol san Juan, afirma que no puede haber ni más ni menos que cuatro evangelios (Contra las herejías III, 11, 8). Y el llamado Fragmento Muratoriano, que el historiador Ludovico Antonio Muratori descubrió en un manuscrito de la Biblioteca Ambrosiana de Milán y publicó en 1740, conserva una lista de la Iglesia de Roma de fines del siglo II: rechaza expresamente unas cartas atribuidas a san Pablo que circulaban entre los seguidores de Marción y advierte que el Pastor de Hermas puede leerse, pero no en la asamblea, como los libros de los profetas y de los apóstoles (ver ¿Cuál es el canon bíblico?).
Mil cuatrocientos años antes de Lutero, el primero en hacer una Biblia a su medida fue alguien que eligió los libros según su propia doctrina. Por eso la Iglesia no reconoció los libros por el juicio de un maestro particular, sino por lo que había recibido y leído en sus asambleas desde los apóstoles.
Los criterios que no alcanzan
Se han propuesto distintos criterios para reconocer un libro inspirado sin recurrir a la Iglesia, pero ninguno alcanza por sí solo. Si el criterio fuera haber sido escrito por un apóstol, habría que excluir los evangelios de Marcos y de Lucas, que no lo eran, y la Carta a los Hebreos, cuyo autor no se conoce. Si el criterio fuera que el libro hable de Cristo, habría que excluir a Ester, que en su texto hebreo no menciona ni siquiera a Dios, y Lutero, con ese criterio, separó cuatro libros del Nuevo Testamento (ver ¿Cuál es el canon bíblico?). Y si el criterio fuera un testimonio interior del Espíritu Santo en cada creyente, como proponía Calvino (Institución de la religión cristiana I, 7), no explicaría por qué los cristianos de los primeros siglos, llenos del Espíritu, discutieron durante tanto tiempo, o por qué hoy existen miles de confesiones (según algunos recuentos, decenas de miles) que interpretan la Escritura de maneras distintas.
Una autoridad que Cristo dejó
Lo que la Escritura sí muestra es que Cristo dejó una autoridad para discernir. Prometió a los apóstoles el Espíritu de verdad, que los guiaría hasta la verdad completa (Jn 16:13) y quedaría siempre con ellos (Jn 14:16), lo que exige que su misión continúe en sus sucesores (ver La sucesión apostólica). Los apóstoles y presbíteros, reunidos en Jerusalén, resolvieron una controversia con la autoridad del Espíritu Santo (Hch 15:28). San Pedro reconoce las cartas de Pablo entre «las otras Escrituras» (2 Pe 3:15-16). Y san Pablo llama a la Iglesia columna y cimiento de la verdad (1 Tim 3:15). Fue esa Iglesia, reunida en los concilios de Roma (382), Hipona (393) y Cartago (397) y confirmada por el papa Inocencio I (405), la que fijó la lista de los libros sagrados.
Por eso, el protestante que acepta los veintisiete libros del Nuevo Testamento acepta, sin decirlo, la decisión de la Iglesia de los siglos IV y V: la misma Iglesia que ya celebraba la Misa como sacrificio, veneraba a los mártires y reconocía la autoridad del obispo de Roma. Sin esa autoridad, ¿cómo se puede afirmar que la segunda Carta de Pedro debe estar en la Biblia, o que en ella no falta algún libro inspirado? San Agustín lo había dicho mucho antes: «Yo no creería en el Evangelio si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica» (Contra la carta de Manes llamada «del fundamento» 5, 6).
Lo que la Iglesia enseña
La Iglesia enseña que por la Tradición apostólica conoce el canon íntegro de los libros sagrados (Dei Verbum 8). La Iglesia no hace inspirados a los libros: los reconoce como tales, con la autoridad que Cristo le dio. Por eso la Escritura, la Tradición y el Magisterio no pueden separarse: sin la Tradición y el Magisterio, ni siquiera sabríamos qué es la Escritura (ver ¿Sola Escritura, o también Magisterio y Tradición?).
Fundamentos bíblicos (4)
Jn 16:13 · El Espíritu de verdad
«Cuando venga Aquél, el Espíritu de verdad, Él os conducirá a toda la verdad; porque Él no hablará por Sí mismo, sino que dirá lo que habrá oído, y os anunciará las cosas por venir.»Jn 16:13, Biblia de Straubinger
Cristo promete a los apóstoles el Espíritu que los guiará hasta la verdad completa.
Hch 15:28 · El Espíritu Santo y nosotros
«Porque ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros otra carga fuera de éstas necesarias.»Hch 15:28, Biblia de Straubinger
La Iglesia reunida resuelve con autoridad una cuestión que la Escritura de entonces no resolvía.
1 Tim 3:14-15 · Columna y cimiento de la verdad
«Esto te escribo, aunque espero ir a ti dentro de poco, para que, si tardare, sepas cómo debes portarte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y cimiento de la verdad.»1 Tim 3:14-15, Biblia de Straubinger
La verdad se sostiene en la Iglesia, que es la que discierne qué es Escritura.
2 Pe 3:15-16 · san Pedro cuenta las cartas de Pablo entre las Escrituras
«Como que él habla de esto mismo en todas sus epístolas, en las cuales hay algunos pasajes difíciles de entender, que los ignorantes y superficiales deforman, como lo hacen, por lo demás, con las otras Escrituras, para su propia ruina.»2 Pe 3:16, Biblia de Straubinger
Ningún libro de la Biblia contiene la lista de los libros que la forman. Saber qué es Escritura depende de un reconocimiento con autoridad, como el que hace aquí san Pedro con las cartas de Pablo.
Objeciones (4)
Los libros inspirados se reconocen solos; la Iglesia solo los descubrió
Si se reconocieran solos, no se habría discutido durante siglos sobre Santiago, Hebreos o el Apocalipsis. La Iglesia no hace inspirado a un libro, pero su reconocimiento con autoridad es lo que permitió cerrar esas discusiones.
Si se reconocieran solos, lo habría hecho Lutero, a quien siguen los protestantes. Pero en su Nuevo Testamento de 1522 separó la Carta a los Hebreos, la de Santiago, la de Judas y el Apocalipsis de los que llamaba «los libros principales, verdaderos y ciertos»; dijo que Santiago era una epístola de paja y que el Apocalipsis no le parecía ni apostólico ni profético (ver ¿Cuál es el canon bíblico?). Los protestantes de hoy aceptan esos cuatro libros no porque se hayan reconocido solos, sino porque así los recibió la Iglesia: de haber seguido la interpretación de Lutero, tendrían cuatro libros menos en el Nuevo Testamento.
El canon lo fijó el consenso de los fieles, no una autoridad
Ese consenso se formó en concilios presididos por obispos y confirmados por el obispo de Roma. Y la Iglesia de los siglos IV y V que lo alcanzó celebraba la Misa como sacrificio y veneraba a los mártires: aceptar su criterio para el canon y rechazarlo en todo lo demás es incoherente.
El consenso existió, pero no bastó: hizo falta que la autoridad lo reconociera y lo fijara. El mismo papa san Dámaso que encargó a san Jerónimo revisar la traducción latina de la Biblia reunió en Roma, en el año 382, el concilio al que la tradición atribuye la primera lista de los libros sagrados, que después confirmaron los concilios de Hipona y Cartago y el papa Inocencio I (ver ¿Cuál es el canon bíblico?). Las dudas sobre algunos libros, como el Apocalipsis en Oriente o los deuterocanónicos en algunos autores, solo terminaron con esas decisiones.
Si la Iglesia fija el canon, se pone por encima de la Biblia
La Iglesia enseña lo contrario: el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio (Dei Verbum 10). Reconocer un libro no es crearlo, así como Juan el Bautista no creó a Cristo al señalarlo.
Al reconocer el canon, la Iglesia no se pone por encima de la Escritura: obedece a Cristo, que le dio el poder de atar y desatar, es decir, de declarar con autoridad lo que obliga a los fieles (Mt 16:19; 18:18).
Los concilios de Hipona y Cartago eran locales, así que no obligan a nadie
Es cierto que eran concilios regionales, pero su lista fue confirmada por el papa Inocencio I en el año 405, coincide con la del concilio de Roma del 382 y fue la que recibió toda la Iglesia de Occidente, hasta que el Concilio de Trento la definió solemnemente en 1546. Y los mismos protestantes aceptan el Nuevo Testamento que esos concilios enumeraron.
Fuentes
Versiones de la Biblia
- Biblia de Straubinger (Universidad Católica de La Plata, 2.ª ed., 2009)
- Texto griego del Nuevo Testamento
Textos citados
- Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica III, 25 (c. 325)
- San Atanasio de Alejandría, Carta festal 39 (367)
- Concilio de Roma (382); concilios de Hipona (393) y Cartago (397)
- Inocencio I, Carta a Exuperio (405)
- San Agustín, Contra la carta de Manes llamada «del fundamento» 5, 6 (c. 397)
- Juan Calvino, Institución de la religión cristiana I, 7 (1559)
- R. C. Sproul, Essential Truths of the Christian Faith (1992)
- Concilio Vaticano II, Dei Verbum 8 (1965)
- Catecismo de la Iglesia Católica 120 (1992)
- San Ireneo de Lyon, Contra las herejías III, 11, 8 (c. 180)
- Tertuliano, Contra Marción (c. 207)
- Taciano, Diatessaron (c. 170)
- Fragmento Muratoriano (c. 170 – 200)
Los textos bíblicos se citan según la Biblia de Straubinger. Los textos de los Padres de la Iglesia y de los concilios se citan en traducción directa del original.
Cómo citar este tema
Para quien busca la Verdad. (2026, 18 de octubre). ¿Quién tiene la autoridad para decidir qué libros componen la Biblia? Recuperado el 21 de octubre de 2026, de https://veritasveritatum.com/es/autoridad-canon/
Cita copiada
Para quien busca la Verdad