Apologética / Lectura 2 de 44
La sola Escritura se niega a sí misma

Rembrandt, Anciana leyendo, probablemente la profetisa Ana (1631). Vía Wikimedia Commons.
En este artículo
¿Cuál Escritura?
Los protestantes sostienen que la Escritura es la única norma suprema e infalible de la fe, y que se interpreta a sí misma (Confesión de Westminster I, 6-7). Pero antes hay que responder qué es la Escritura: ¿el Antiguo Testamento de los 39 libros de la Biblia hebrea, o el de los 46 que leía la Iglesia desde el principio? La sola Escritura no puede responderlo, porque ningún libro de la Biblia contiene la lista de los libros de la Biblia.
Si se pregunta cuál era la Biblia de Jesús y de los apóstoles, la respuesta es la Septuaginta, la Biblia griega, que incluía los libros que hoy llamamos deuterocanónicos, y de la que proviene la mayor parte de las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo (ver La Biblia de Jesús y los apóstoles). Pero ni siquiera la Septuaginta tenía una lista cerrada: sus manuscritos no coinciden del todo. Fue la Iglesia la que, con la autoridad recibida de Cristo, fijó la lista de los 46 libros del Antiguo Testamento (ver ¿Cuál es el canon bíblico?). Quien quiere usar la Escritura como única norma tiene que aceptar primero una decisión que la Escritura no contiene.
No está en la Escritura
Además, ningún versículo dice que solo la Escritura obliga a los cristianos. El principio que exige que todo esté en la Escritura no está en la Escritura: no cumple su propio criterio. Fue una convicción de la Reforma del siglo XVI, que la Iglesia no había sostenido nunca (ver ¿Sola Escritura, o también Magisterio y Tradición?).
La Escritura de los apóstoles
Cuando el Nuevo Testamento habla de «las Escrituras», casi siempre se refiere al Antiguo Testamento. Cuando san Pablo escribió que «toda la Escritura es divinamente inspirada» (2 Tim 3:16), muchos libros del Nuevo Testamento todavía no se habían escrito. Solo una vez un apóstol cuenta escritos cristianos entre las Escrituras: san Pedro, que pone las cartas de Pablo junto a «las otras Escrituras» (2 Pe 3:15-16), y lo hace con su autoridad de apóstol, no citando una lista.
Si en tiempos de los apóstoles alguien hubiera sostenido que solo obliga lo que está escrito, y que nada puede agregarse a la Escritura, habría tenido que rechazar los evangelios, las cartas y el Apocalipsis, que se escribieron y se reconocieron después. El Nuevo Testamento existe porque hubo una autoridad viva, la de los apóstoles y la de la Iglesia que los sucedió, capaz de reconocer una Escritura nueva. Quien hoy acepta el Nuevo Testamento acepta, en los hechos, esa autoridad.
Ni el nombre del autor alcanza
Según la sola Escritura, buena parte del Nuevo Testamento tendría que considerarse anónima: ninguno de los cuatro evangelios dice quién lo escribió, tampoco la Carta a los Hebreos, y la primera carta de Juan no lleva nombre. Y al revés, que un escrito diga ser de un apóstol tampoco prueba nada. Circularon desde muy temprano escritos que llevaban expresamente el nombre de un apóstol y eran falsificaciones: un evangelio atribuido a Pedro, otro a Tomás, una carta a los de Laodicea y otra a los de Alejandría, presentadas como de san Pablo. El mismo san Pablo advertía a los cristianos de Tesalónica que no se dejaran turbar por una carta que se presentara como suya (2 Tes 2:2), y hacia fines del siglo II el Fragmento Muratoriano rechaza dos cartas atribuidas falsamente a Pablo. Ni la falta de un nombre excluía a un libro, ni la presencia de un nombre lo hacía auténtico. Hacía falta una autoridad que discerniera, y esa autoridad fue la Iglesia (ver ¿Quién tiene la autoridad para decidir qué libros componen la Biblia?).
La Escritura remite a algo más que la Escritura
La Escritura misma remite a las tradiciones recibidas de palabra (2 Tes 2:15; 1 Cor 11:2), a las muchas cosas que no se escribieron (Jn 21:25) y a la Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3:15), a la que hay que escuchar (Mt 18:17).
Deducciones opuestas
Algunos protestantes precisan que la sola Escritura no se limita a lo escrito textualmente, sino que incluye lo que se deduce de ella «por consecuencia buena y necesaria» (Confesión de Westminster I, 6). Pero entonces la pregunta es quién decide qué deducción es la correcta, porque los mismos protestantes, leyendo la misma Biblia, deducen cosas opuestas. Sobre el bautismo de los niños, la Confesión de Westminster enseña que descuidarlo es un gran pecado (XXVIII, 5); los bautistas sostienen que solo deben bautizarse los que ya creen; y otras iglesias lo consideran posible, pero no necesario. Sobre la Eucaristía, Lutero dedujo que Cristo está realmente presente, y Zwinglio, que es solo un símbolo. Sobre la salvación, unos deducen que nunca se pierde, y otros, que sí (ver ¿Una vez salvo, siempre salvo?). Todos apelan a la misma Escritura.
El sentido de un texto lo explica su autor, y si el autor no está presente, lo explica aquel a quien él enseñó y dejó para hablar en su nombre. Así ocurrió desde el principio: los levitas explicaban la Ley para que el pueblo entendiera (Neh 8:8); Jesús explicó a los discípulos de Emaús lo que las Escrituras decían de Él (Lc 24:27); el funcionario etíope preguntó cómo podría entender si nadie lo guiaba (Hch 8:31). Y Cristo dejó a sus apóstoles para enseñar en su nombre: «Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha» (Lc 10:16), con la promesa de estar con ellos hasta el fin del mundo (Mt 28:20). El autor de la Escritura es Dios, y el intérprete que dejó es la Iglesia.
Una ley necesita un tribunal
Pasa lo mismo con cualquier ley. Ningún país funciona con una Constitución que cada ciudadano interprete a su manera: existe un tribunal supremo que dice, con autoridad, cómo debe entenderse, y esa interpretación obliga a todos. El tribunal no está por encima de la Constitución, porque no puede cambiarla, pero sin él la ley no podría aplicarse, y cada uno haría su propia ley. Además, la autoridad que dio la ley existía antes que la ley escrita: primero se constituye el país, y después se escribe su Constitución.
Así ocurrió con la Escritura. La Iglesia existía y enseñaba antes de que se escribiera el Nuevo Testamento, y Cristo le dio la autoridad para interpretar la palabra de Dios, sin estar por encima de ella, sino a su servicio, como enseña el Concilio Vaticano II (Dei Verbum 10). La sola Escritura pretende una ley sin tribunal, y el resultado está a la vista: miles de interpretaciones distintas de la misma ley.
Una autoridad infalible apoyada en un criterio falible
Para afirmar que la Biblia es la única autoridad infalible, el protestante tiene que saber primero qué libros forman la Biblia. Pero esa lista no la da la Biblia, y si la decidió una Iglesia que, según él, puede equivocarse, la lista también puede estar equivocada: pueden sobrar libros o faltar algunos. Por eso un conocido teólogo protestante, R. C. Sproul, llegó a reconocer que, desde su punto de vista, la Biblia es «una colección falible de libros infalibles». Y la afirmación de que esa colección es la única autoridad infalible tampoco está en la Biblia. La sola Escritura descansa, entonces, sobre dos premisas que ella misma no puede probar.
La fe católica no tiene ese problema, porque no empieza por un libro, sino por Cristo. Los evangelios, leídos como documentos históricos, muestran que Cristo fundó una Iglesia, le dio su autoridad y le prometió la asistencia del Espíritu Santo hasta el fin del mundo. Esa Iglesia, asistida por el Espíritu, reconoció con certeza qué libros son inspirados, y los interpreta con la misma autoridad. La infalibilidad de la Escritura y la de la Iglesia no compiten: vienen del mismo Señor.
Fundamentos bíblicos (2)
2 Tes 2:15 · De palabra o por carta
«Así pues, hermanos, estad firmes y guardad las enseñanzas que habéis recibido, ya de palabra, ya por carta nuestra.»2 Tes 2:15, Biblia de Straubinger
La enseñanza apostólica se transmitió también de viva voz.
Lc 10:16 · Quien os escucha, me escucha
«Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a Mí me rechaza; ahora bien, quien me rechaza a Mí, rechaza a Aquel que me envió.»Lc 10:16, Biblia de Straubinger
Cristo habla por medio de los que envió.
Objeciones (5)
Los de Berea examinaban cada día las Escrituras (Hch 17:11)
Los judíos de Berea examinaban las Escrituras del Antiguo Testamento para comprobar si lo que Pablo predicaba sobre el Mesías se cumplía en ellas, y por eso creyeron. Pero no las examinaban solos: lo hacían escuchando a un apóstol que les explicaba su sentido. Y lo que Pablo les predicaba, el Evangelio, todavía no estaba escrito. Los de Berea no practicaban la sola Escritura: recibían la enseñanza oral de un apóstol, y comprobaban que coincidía con las Escrituras que ya tenían.
«Escrito está» (Mt 4:4-10) y «no ir más allá de lo que está escrito» (1 Cor 4:6)
Es cierto que Jesús respondió al diablo con la Escritura: «Escrito está». Pero en la misma escena, el diablo también citó la Escritura (Mt 4:6): tener el texto no basta, porque hasta el diablo puede usarlo; hace falta interpretarlo bien. Y el mismo Jesús que dijo «escrito está» dijo también, con su propia autoridad, «Habéis oído que se dijo… Pero Yo os digo» (Mt 5:21-48), y reconoció la autoridad de quienes enseñaban desde la cátedra de Moisés (Mt 23:2-3). Si una frase de Jesús prueba que solo vale lo escrito, la otra prueba que vale también lo que se transmite de palabra y la autoridad de quien enseña.
En cuanto a 1 Corintios 4:6, san Pablo no habla de una lista de libros, que entonces no existía, sino que reprende a los corintios por enorgullecerse siguiendo a un maestro contra otro (1 Cor 1:12; 4:6-7). En esa misma carta, los alaba por conservar las tradiciones tal como él se las transmitió (1 Cor 11:2).
«No añadas nada a sus palabras» (Prov 30:6; Ap 22:18-19)
Estos textos prohíben alterar la palabra de Dios, no que Dios siga hablando ni que la Iglesia reconozca lo que Él inspira. Si Proverbios 30:6 quisiera decir que la Escritura quedaba cerrada, habría que rechazar todos los libros escritos después, incluido el Nuevo Testamento entero. Moisés había dicho lo mismo de la Ley (Dt 4:2), y Dios siguió hablando por los profetas.
En cuanto al Apocalipsis, la advertencia se refiere a las palabras de la profecía de ese libro: al Apocalipsis mismo, no a la Biblia, que entonces no existía como volumen. El Apocalipsis está al final de nuestras Biblias por el orden que le dio la Iglesia. Esos versículos, en cambio, sí advierten contra quien cambia el texto para ajustarlo a su doctrina, como hizo Lutero al agregar «sola» en Romanos 3:28 (ver ¿Nos salva solo la fe?).
La palabra de Dios no se equivoca; la tradición de la Iglesia, sí
Es verdad que la palabra de Dios no se equivoca. Pero quien la lee sí puede equivocarse, y de hecho los protestantes, leyendo la misma Biblia infalible, llegan a conclusiones opuestas. Un libro infalible, interpretado por lectores falibles, da como resultado doctrinas falibles: la sola Escritura no elimina el error, solo lo traslada del texto al lector.
Además, la objeción deja de lado lo que Cristo prometió a su Iglesia: que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella (Mt 16:18), que el Espíritu de verdad estaría siempre con ella (Jn 14:16) y la guiaría hasta la verdad completa (Jn 16:13), y que Él mismo estaría con ella todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28:20). Por eso san Pablo la llama «columna y cimiento de la verdad» (1 Tim 3:15). Hay que distinguir, de todos modos, la Tradición apostólica, que transmite la fe recibida de Cristo, de las tradiciones y costumbres de la Iglesia, que pueden cambiar con el tiempo (Catecismo 83).
«Toda Escritura es inspirada por Dios» (2 Tim 3:16-17)
Esta objeción se responde en ¿Sola Escritura, o también Magisterio y Tradición?: el versículo no dice qué libros forman la Escritura, ni que la Escritura sea suficiente por sí sola.
Fuentes
Versiones de la Biblia
- Biblia de Straubinger (Universidad Católica de La Plata, 2.ª ed., 2009)
- Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento)
Textos citados
- Confesión de fe de Westminster, capítulos I y XXVIII (1646)
- R. C. Sproul, Explaining Inerrancy (1980)
- Concilio Vaticano II, Dei Verbum 8-10 (1965)
- Miguel Ángel Fuentes, IVE, ¿En dónde dice la Biblia que…? (San Rafael: Ediciones del Verbo Encarnado, 2005)
Los textos bíblicos se citan según la Biblia de Straubinger. Los textos de los Padres de la Iglesia y de los concilios se citan en traducción directa del original.
Cómo citar este tema
Para quien busca la Verdad. (2026, 23 de octubre). La sola Escritura se niega a sí misma. Recuperado el 23 de octubre de 2026, de https://veritasveritatum.com/es/sola-escritura-se-niega/
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