¿Cuál es el canon bíblico?
Lectura: 8 minutos · Actualizado el 18 de octubre de 2026
Jacob Jordaens, Los cuatro evangelistas (c. 1625-1630). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
Una Escritura que se fue formando
Los libros sagrados no nacieron ni fueron elaborados como un volumen único. Los diferentes libros se escribieron a lo largo de siglos y circulaban como escritos por separado entre las comunidades del pueblo de Dios, que los leían y transmitían junto con la tradición oral. Durante mucho tiempo no hubo una lista oficial que dijera cuáles eran sagrados. Por eso, al hablar de «canon» en esa época hay que usar el término con cuidado: existían colecciones reconocidas y muchas veces diferentes entre las distintas comunidades, pero no una definición expresa (ver Cómo llegó el Antiguo Testamento hasta nosotros).
Dispersión y regreso
La historia dispersó al pueblo de Dios. Primero, las doce tribus de Israel se dividieron en dos reinos: el reino de Judá, formado por las tribus de Judá y de Benjamín, al sur, y el reino de Israel, formado por las diez tribus restantes, al norte. En el 722 a. C., los asirios destruyeron el reino del norte, deportaron a buena parte de sus habitantes y llevaron a su tierra a otros pueblos, que se mezclaron con los que quedaron (2 Re 17:24), contaminando su fe con cultos paganos (2 Re 17:29-41). Fue el comienzo de una enemistad que se agravó con los siglos, y que todavía se percibe en el Evangelio (Jn 4:9). En el 587 a. C., los babilonios tomaron Jerusalén y llevaron al destierro a los habitantes del reino de Judá, pero a estos se les concedió mantener sus costumbres y su religión. En el 538 a. C., el rey persa Ciro permitió su regreso, pero retornaron solo algunos judíos, ya que muchos otros se quedaron viviendo donde estaban, fuera de la tierra de Israel. Desde entonces, además de los samaritanos, hubo dos grandes ámbitos judíos: la comunidad de Jerusalén y Judea, y la diáspora, cada vez más numerosa, sobre todo en Alejandría y en el mundo de habla griega.
Dos colecciones
En Jerusalén, con el tiempo, se impuso una colección más reducida, formada solo por libros escritos en hebreo y considerados de la época de los profetas. En la diáspora, en cambio, la Escritura se leía en griego. En Alejandría se tradujo el Pentateuco al griego en el siglo III a. C. y en los dos siglos siguientes se sumaron los demás libros (ver Cómo llegó el Antiguo Testamento hasta nosotros). Esa colección, llamada «de los Setenta», o «Septuaginta», por la tradición de los setenta y dos traductores, incluía además libros escritos o conservados en griego: Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y partes de Ester y de Daniel. Son los que hoy llamamos deuterocanónicos, es decir, «del segundo canon», porque su lugar en la lista se discutió durante más tiempo, no porque tengan menos autoridad: la Iglesia los recibe con la misma autoridad que los demás libros.
Es más, también había colecciones más reducidas y más amplias. Solo por mencionar algunas: los samaritanos, descendientes de los israelitas del norte mezclados con los pueblos que trajeron los asirios, solamente aceptaban el Pentateuco, al que se conoce como el «Pentateuco samaritano». En el otro extremo, en las cuevas de Qumrán se encontraron, junto a los libros bíblicos, fragmentos de Tobías, del Eclesiástico y de la Carta de Jeremías, y también escritos que no entraron en ninguna Biblia, como Henoc y los Jubileos, que esa comunidad, de los esenios, parece haber leído con especial autoridad. El judaísmo del tiempo de Jesús no tenía una sola lista cerrada: existían al menos cuatro tradiciones distintas, probablemente en este orden según la cantidad de libros considerados sagrados: samaritanos, judíos de Jerusalén, judíos de la diáspora y esenios.
Y en Jerusalén convivían además distintos grupos. Los saduceos, la aristocracia sacerdotal del templo, rechazaban la tradición oral y negaban la resurrección (Hch 23:8); algunos Padres de la Iglesia dicen que solo aceptaban los libros de Moisés, aunque es más probable que les dieran una autoridad superior a la de los demás. Por eso Jesús, al responderles sobre la resurrección, citó un texto de Moisés (Mt 22:31-32; Ex 3:6).
La Biblia de los apóstoles
Los apóstoles predicaron en un mundo que hablaba griego y la Biblia que usaron fue la de los Setenta, que incluía los 46 libros del Antiguo Testamento de la Biblia católica. La mayor parte de las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo sigue el texto griego de la Septuaginta y solo unas pocas siguen el texto hebreo frente al griego (ver La Biblia de Jesús y los apóstoles). Además, el Nuevo Testamento contiene alusiones claras a libros deuterocanónicos. La Carta a los Hebreos recuerda a los mártires que no aceptaron la liberación para alcanzar una resurrección mejor (Heb 11:35), como los siete hermanos de 2 Macabeos (2 Mac 7:9 y 14). Y san Pablo, cuando dice que Dios se hace visible a través de sus obras (Rom 1:20), sigue de cerca el razonamiento de Sabiduría 13:1-9.
La Iglesia recibe y define
La Iglesia recibió de los apóstoles esa colección y la usó desde el principio, mucho antes de que hiciera falta definirla:
- A fines del siglo I, san Clemente de Roma, a quien la tradición identifica con el colaborador de san Pablo mencionado en la Carta a los Filipenses (Flp 4:3), propone a Judit como ejemplo de fe y valentía, junto a Ester (Carta a los Corintios 55).
- Hacia el año 110, san Policarpo de Esmirna, discípulo del apóstol Juan, cita a Tobías al enseñar que la limosna libra de la muerte (Carta a los Filipenses 10, 2; Tob 4:11).
- Hacia el 180, san Ireneo de Lyon, discípulo de Policarpo, que lo había sido de Juan, cita como Escritura la historia de Susana y el libro de Baruc, al que atribuye a Jeremías (Contra las herejías IV, 26, 3 y V, 35, 1).
- Hacia el 240, Orígenes, discípulo de Clemente de Alejandría, defiende la historia de Susana frente a quien la cuestionaba, recordando que las Iglesias la leían (Carta a Julio Africano).
- En el siglo III, san Cipriano, obispo de Cartago, cita Tobías, Sabiduría, Eclesiástico y Macabeos con la misma autoridad que el resto de la Escritura (Testimonios a Quirino).
- En las catacumbas romanas, la historia de Susana aparece pintada junto a las de Noé, Jonás y Daniel.
- Los grandes códices griegos del siglo IV, el Vaticano y el Sinaítico, incluyen libros deuterocanónicos dentro del Antiguo Testamento. Y esto es muy importante: son unos seiscientos años más antiguos que la Biblia hebrea completa más antigua que se conserva, el Códice de Leningrado, del año 1008.
Las listas anteriores
Antes de que un concilio fijara el canon, varios autores y comunidades dejaron sus propias listas. Coinciden en lo esencial, pero no en todo, y muestran por qué hizo falta una decisión de la Iglesia:
| Lista | Fecha | Antiguo Testamento | Nuevo Testamento |
|---|---|---|---|
| Fragmento Muratoriano | c. 170 – 200 (algunos la datan en el s. IV) | No lo trata | Casi todo el canon actual; omite Hebreos, Santiago y alguna carta de Pedro. Incluye el libro de la Sabiduría y menciona con reservas el Apocalipsis de Pedro |
| Melitón de Sardes (citado por Eusebio, Historia eclesiástica IV, 26) | c. 170 | Los libros hebreos, sin Ester | No lo trata |
| Orígenes (citado por Eusebio, Historia eclesiástica VI, 25) | c. 240 | Los veintidós libros hebreos, y agrega que «fuera de estos están los Macabeos»; en la práctica usaba y defendía los deuterocanónicos | Enumera los libros aceptados y los discutidos |
| Catálogo del Códice Claromontano | s. IV (algunos lo ubican hacia el 300) | Incluye Sabiduría, Eclesiástico, Tobías, Judit y Macabeos | Incluye además la Carta de Bernabé, el Pastor de Hermas y otros escritos |
| San Cirilo de Jerusalén (Catequesis IV, 35-36) | c. 350 | Veintidós libros, con Baruc y la Carta de Jeremías | Veintiséis libros, sin el Apocalipsis |
| Catálogo de Mommsen o de Cheltenham | c. 360, África | Incluye Tobías, Judit y Macabeos | Omite Hebreos, Santiago y Judas |
| Concilio de Laodicea, canon 60 | c. 363 (la autenticidad de este canon se discute) | Como san Cirilo, con Baruc | Sin el Apocalipsis |
| San Atanasio (Carta festal 39) | 367 | Veintidós libros, con Baruc; Sabiduría, Eclesiástico, Ester, Judit y Tobías quedan como libros «para leer» | Los veintisiete libros del canon actual: es la primera lista que coincide exactamente |
Las listas orientales solían seguir la cuenta judía de veintidós libros, agrupados de un modo diferente pero equivalente a los 39 libros de las biblias protestantes, mientras que en Occidente y en África se incluían los deuterocanónicos. Pero aun los autores que los dejaban fuera de sus listas los citaban y los leían en la Iglesia. La variedad no terminó por el acuerdo espontáneo de los lectores, sino por una decisión de la Iglesia (ver ¿Quién tiene la autoridad para decidir qué libros componen la Biblia?).
Cuando esas diferencias hicieron necesaria una decisión, la Iglesia fijó la lista. El papa san Dámaso, que encargó a san Jerónimo la revisión de la Biblia latina, reunió en Roma un concilio en el año 382, al que la tradición atribuye la primera lista promulgada por un concilio de Roma, con los deuterocanónicos incluidos. Esa lista se conserva en el llamado Decreto gelasiano, una recopilación de comienzos del siglo VI cuyas primeras partes, según muchos estudiosos, recogen las decisiones del concilio de Roma del 382. Los concilios de Hipona (393) y Cartago (397) enumeraron los mismos libros y el papa Inocencio I confirmó esa lista en el año 405. El Concilio de Florencia la repitió en 1442 y el de Trento la definió solemnemente en 1546, frente a los reformadores, que habían adoptado la colección hebrea más breve. La lista que sostiene hoy la Iglesia Católica no es un agregado del siglo XVI: es la que ya usaban los cristianos más de mil años antes.
El criterio de Lutero
Lutero no se limitó a apartar los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento. En su Nuevo Testamento de 1522 trató de la misma manera a cuatro libros del Nuevo: la Carta a los Hebreos, la de Santiago, la de Judas y el Apocalipsis. Los colocó al final, sin número en el índice, separados de los que llamaba «los libros principales, verdaderos y ciertos del Nuevo Testamento». De Santiago dijo que era una epístola de paja, porque no encontraba en ella el Evangelio tal como él lo entendía; del Apocalipsis, que no lo consideraba ni apostólico ni profético (ver Cómo llegó el Nuevo Testamento hasta nosotros).
El criterio para aceptar o dudar de un libro ya no era lo que la Iglesia había recibido desde los apóstoles, sino el juicio de un solo hombre: Lutero decidía por sí mismo si un libro coincidía con su manera de entender el Evangelio. Con ese mismo criterio, cada lector podría armar su propia Biblia. Por eso los protestantes de hoy aceptan los veintisiete libros del Nuevo Testamento, incluidos los cuatro que Lutero relegó: no porque lo haya decidido él, sino porque así los recibió la Iglesia desde los primeros siglos (ver ¿Quién tiene la autoridad para decidir qué libros componen la Biblia?).
Los testimonios de esta doctrina a lo largo de los siglos se reúnen en La doctrina eterna de la Iglesia Católica desde Jesús y los apóstoles.
Fundamentos bíblicos (7)
Gn 46:27 y Hch 7:14 · Esteban cita la versión griega
«Los hijos de José, que le habían nacido en Egipto, eran dos. Todas las almas de la casa de Jacob, que vinieron a Egipto, eran setenta. […] José envió, pues, y llamó a su padre Jacob y toda su parentela, setenta y cinco personas.»Gn 46:27 y Hch 7:14, Biblia de Straubinger
El texto hebreo dice que la familia de Jacob que bajó a Egipto eran setenta personas; la versión de los Setenta dice setenta y cinco. En su discurso, san Esteban dice setenta y cinco: citaba la Biblia griega.
Dt 31:24-26 · La Ley escrita, confiada a los levitas
Moisés no entregó el libro al pueblo para que cada uno lo custodiara e interpretara, sino a los levitas, junto al arca. Desde el principio, lo escrito quedó bajo una autoridad encargada de guardarlo.
1 Mac 4:52-59 y Jn 10:22-23 · Jesús en la fiesta de la Dedicación
«Entonces estableció Judas y sus hermanos, y toda la iglesia de Israel, que en lo sucesivo se celebrase cada año con grande gozo y regocijo este día de la dedicación del altar por espacio de ocho días seguidos, empezando el día veinticinco del mes de Casleu. […] Llegó entre tanto la fiesta de la Dedicación en Jerusalén. Era invierno, y Jesús se paseaba en el Templo, bajo el pórtico de Salomón.»1 Mac 4:59 y Jn 10:22-23, Biblia de Straubinger
La fiesta de la Dedicación del templo fue instituida por Judas Macabeo, y su origen solo se narra en los libros de los Macabeos. Jesús subió a Jerusalén para celebrarla.
2 Mac 2:13-15 · Reunir los libros dispersos
El texto recuerda que Nehemías reunió los libros de los reyes, de los profetas y de David, y que Judas Macabeo recogió los que se habían dispersado por la guerra. La colección de libros sagrados se formó a lo largo del tiempo, por obra de quienes tenían autoridad en el pueblo.
2 Mac 7 y Heb 11:35 · Los mártires que esperaban una resurrección mejor
«Mujeres hubo que recibieron resucitados a sus muertos; y otros fueron estirados en el potro, rehusando la liberación para alcanzar una resurrección mejor.»Heb 11:35, Biblia de Straubinger
La Carta a los Hebreos, al enumerar los ejemplos de fe del Antiguo Testamento, incluye a quienes fueron torturados sin aceptar la liberación, esperando resucitar. Es el relato de los siete hermanos y su madre, que solo está en 2 Macabeos.
Sal 39:7 y Heb 10:5 · «Un cuerpo me has preparado»
«Tú no te has complacido en sacrificio ni ofrenda, sino que me has dado oídos; holocausto y expiación por el pecado no pides.» / «Por lo cual dice al entrar en el mundo: “Sacrificio y oblación no los quisiste, pero un cuerpo me has preparado”.»Sal 39:7 y Heb 10:5, Biblia de Straubinger
Donde el texto hebreo del salmo dice que Dios dio oídos al salmista, la versión griega dice que le preparó un cuerpo. La Carta a los Hebreos cita la versión griega y construye sobre esa palabra su enseñanza sobre el sacrificio de Cristo.
Sab 13:1-9 y Rom 1:20 · Dios conocido por sus obras
«Porque lo invisible de Él, su eterno poder y su divinidad, se hacen notorios desde la creación del mundo, siendo percibidos por sus obras, de manera que no tienen excusa.»Rom 1:20, Biblia de Straubinger
San Pablo enseña que las perfecciones invisibles de Dios se hacen visibles a través de lo creado, y que por eso los paganos no tienen excusa. Es el mismo razonamiento, en el mismo orden, del libro de la Sabiduría.
Objeciones (6)
Los judíos nunca aceptaron los deuterocanónicos
Los judíos de la diáspora los leían dentro de la colección griega, la Septuaginta (ver La Biblia de Jesús y los apóstoles), y en Qumrán se conservaron fragmentos de Tobías y del Eclesiástico. El Talmud cita el Eclesiástico varias veces, y en un pasaje lo introduce con la fórmula que usa para los libros sagrados. La lista hebrea más breve terminó de imponerse entre los siglos I y II después de Cristo, cuando el judaísmo rabínico ya se distinguía de los cristianos, que usaban la Biblia griega. Y en todo caso, la Iglesia no recibe el canon del judaísmo posterior a Cristo, que tampoco acepta el Nuevo Testamento, sino de los apóstoles.
Jesús y los apóstoles nunca citaron textualmente un libro deuterocanónico
Es cierto que el Nuevo Testamento no cita ningún libro deuterocanónico con la fórmula «está escrito». Pero tampoco cita así varios libros que los protestantes aceptan, como Ester, el Eclesiastés o el Cantar de los Cantares. En cambio, la Carta de Judas cita textualmente el libro de Henoc (Jds 14-15), que nadie considera parte de la Biblia: que un libro sea citado o no, entonces, no decide si es Escritura.
Y el Nuevo Testamento contiene alusiones claras: Jesús celebra la fiesta de la Dedicación, instituida en 1 Macabeos (Jn 10:22-23; 1 Mac 4:59); la Carta a los Hebreos recuerda a los mártires de 2 Macabeos (Heb 11:35); san Pablo sigue paso a paso el razonamiento de Sabiduría 13 (Rom 1:19-23); y muchas palabras de Jesús resuenan con el Eclesiástico. Además, la Biblia que usaban Jesús y los apóstoles era la Septuaginta, que incluía esos libros (ver La Biblia de Jesús y los apóstoles, con la tabla completa de alusiones).
San Jerónimo rechazó los deuterocanónicos
San Jerónimo trabajó con el texto hebreo y con maestros judíos, y en algunos prólogos expresó las dudas que había recogido de ellos. Sin embargo, tradujo Tobías y Judit, y cuando Rufino lo acusó de atacar las Escrituras respondió que en esos prólogos había expuesto lo que los judíos solían objetar, no su propia opinión. Por otra parte, la opinión de un Padre de la Iglesia no define el canon: san Agustín, su contemporáneo, sostuvo lo contrario, y los concilios y los papas fijaron la lista con los deuterocanónicos incluidos.
Con el tiempo, además, se sometió al juicio de la Iglesia. Tradujo Judit, según explica en su prefacio, porque el concilio de Nicea la había contado entre las Sagradas Escrituras; citó en sus obras los deuterocanónicos como Escritura; y cuando Rufino le reprochó haberlos rechazado, respondió que había expuesto la opinión de los judíos, no la suya (Apología contra Rufino II, 33; ver Carbajosa, Hebraica veritas, cap. 1).
Los deuterocanónicos contienen errores históricos
La objeción suele apuntar a Judit, que llama a Nabucodonosor rey de los asirios. Pero Judit y Tobías son relatos que enseñan a través de una historia, no crónicas, y la Iglesia enseña que para entender la Escritura hay que atender al género literario de cada libro (Dei Verbum 12). Además, dificultades del mismo tipo aparecen en libros que todos aceptan, como Jonás o Daniel. Si ese criterio sirviera para excluir un libro, excluiría también a esos.
Las mismas dificultades aparecen en libros que nadie excluye. Según 2 Reyes, Ococías comenzó a reinar a los veintidós años, y según 2 Crónicas, a los cuarenta y dos (2 Re 8:26; 2 Cr 22:2). Salomón tenía cuarenta mil pesebres para sus caballos según 1 Reyes, y cuatro mil según 2 Crónicas (1 Re 4:26; 2 Cr 9:25). El censo de David da cifras distintas en 2 Samuel y en 1 Crónicas (2 Sam 24:9; 1 Cr 21:5). Y Daniel llama a Nabucodonosor padre de Baltasar, aunque su padre era Nabonido (Dn 5:2). Si esas dificultades no bastan para excluir esos libros, tampoco bastan para excluir los deuterocanónicos.
El Concilio de Trento agregó libros a la Biblia
Trento definió en 1546 la misma lista que ya habían enumerado el concilio de Roma del 382, los de Hipona y Cartago, el papa Inocencio I en el 405 y el Concilio de Florencia en 1442, setenta y cinco años antes de que comenzara la Reforma. Incluso la Biblia de Lutero de 1534 los incluía, aunque separados en un apéndice. Trento no agregó nada: definió con carácter solemne lo que la Iglesia ya usaba.
Como se mostró en este mismo tema, esos libros ya los usaban como Escritura san Clemente de Roma, san Policarpo, san Ireneo y san Cipriano; estaban en los códices Vaticano y Sinaítico del siglo IV; y los fijaron los concilios de Roma (382), Hipona (393) y Cartago (397), con la confirmación del papa Inocencio I (405) y del Concilio de Florencia (1442). Trento no los agregó: confirmó una lista que la Iglesia tenía desde hacía más de mil años.
El canon hebreo quedó cerrado en el concilio de Jamnia
Los historiadores ya no sostienen que en Jamnia (Yavne) haya habido un concilio que fijara el canon. Hubo una escuela rabínica, activa hacia fines del siglo I, donde se discutió sobre algunos libros, como el Cantar de los Cantares y el Eclesiastés, y esas discusiones continuaron después. Y aunque hubiera existido, sería una decisión tomada después de Cristo, sin autoridad para la Iglesia.
Lo que sí se discute es el motivo. Según la Jewish Encyclopedia, el rabino Akiba, figura central del judaísmo rabínico del siglo II, se opuso a esos libros en parte por el deseo de quitar argumentos a los cristianos, sobre todo a los judíos cristianos, que los usaban en su predicación. Una recopilación rabínica de esa época, la Tosefta, menciona en un mismo pasaje los libros de los herejes y el libro de Ben Sirá, nuestro Eclesiástico, como libros que no son sagrados (Yadayim 2, 13). Y en esos mismos años, el judaísmo reemplazó la Septuaginta, que los cristianos usaban como su Biblia, por una nueva traducción griega, la de Áquila, que donde la Septuaginta decía «virgen», en Isaías 7:14, puso «muchacha»; hacia el año 155, san Justino reprocha a los judíos rechazar la traducción de los Setenta (Diálogo con Trifón 71).
Fuentes
Versiones de la Biblia
- Biblia de Straubinger (Universidad Católica de La Plata, 2.ª ed., 2009)
- Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento)
Textos citados
- 2 Mac 7 y Heb 11:35
- Jds 14-15
- San Clemente de Roma, Carta a los Corintios 55 (c. 96)
- San Policarpo de Esmirna, Carta a los Filipenses 10, 2 (c. 110)
- San Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV, 26, 3 y V, 35, 1 (c. 180)
- Orígenes, Carta a Julio Africano (c. 240)
- Concilio de Roma (382); concilios de Hipona (393) y Cartago (397)
- San Jerónimo, Apología contra Rufino II, 33 (c. 402)
- Inocencio I, Carta a Exuperio (405)
- Concilio de Florencia, Decreto para los jacobitas (1442)
- Martín Lutero, Prólogos al Nuevo Testamento (1522)
- Concilio de Trento, sesión IV (1546)
- Concilio Vaticano II, Dei Verbum 12 (1965)
- San Cipriano, Testimonios a Quirino (c. 249)
- Fragmento Muratoriano (c. 170 – 200)
- Melitón de Sardes y Orígenes, citados por Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica IV, 26 y VI, 25 (c. 325)
- Catálogo del Códice Claromontano (s. IV)
- San Cirilo de Jerusalén, Catequesis IV, 35-36 (c. 350)
- Catálogo de Mommsen (c. 360)
- Concilio de Laodicea, canon 60 (c. 363)
Los textos bíblicos se citan según la Biblia de Straubinger. Los textos de los Padres de la Iglesia y de los concilios se citan en traducción directa del original.
Cómo citar este tema
Para quien busca la Verdad. (2026, 18 de octubre). ¿Cuál es el canon bíblico? Recuperado el 21 de octubre de 2026, de https://veritasveritatum.com/es/canon-biblico/
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Para quien busca la Verdad