Iglesia Católica / Tema 21 de 46
Cómo vivía la Iglesia primitiva

Jean-Léon Gérôme, La última oración de los mártires cristianos (1883). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
En este artículo
Introducción
La Iglesia de los primeros siglos es, en lo esencial, la misma Iglesia Católica de hoy: la fe, los sacramentos y la estructura que Cristo le dio son los mismos. Los primeros cristianos tenían obispos, presbíteros y diáconos; bautizaban también a los niños; celebraban la Eucaristía cada domingo como el sacrificio de Cristo; confesaban sus pecados; ayunaban; oraban por los difuntos y veneraban a los mártires; y reconocían la autoridad de la iglesia de Roma. Muchos de esos rasgos son justamente los que abandonaron las comunidades nacidas de la Reforma del siglo XVI: los obispos en sucesión desde los apóstoles, la Eucaristía como sacrificio y presencia real de Cristo, la confesión de los pecados, la oración por los difuntos, la veneración de los mártires y la comunión con Roma; y muchas de ellas, también el bautismo de los niños. Quien quiera saber qué Iglesia continúa la de los apóstoles puede compararlas, práctica por práctica.
Este tema reúne lo que sabemos de esa vida, primero por el Nuevo Testamento, y después por los escritos de los primeros cristianos, los testimonios de quienes no lo eran y la arqueología, hasta el siglo III. El lector podrá comprobar, práctica por práctica, que la Iglesia de los primeros siglos vivía ya lo que la Iglesia Católica vive hoy (ver La Iglesia que continúa desde los apóstoles).
Lo que escribieron los primeros cristianos
Además del Nuevo Testamento, se conservan escritos de los primeros cristianos que muestran cómo vivía la Iglesia:
- La Didaché o Enseñanza de los doce apóstoles, de fines del siglo I o comienzos del II, un breve manual de vida cristiana y de liturgia, tan apreciado que, todavía en el siglo IV, san Atanasio lo recomendaba para la instrucción de los catecúmenos.
- La Carta a los Corintios de san Clemente, obispo de Roma, hacia el 96, escrita mientras vivía el apóstol san Juan. San Ireneo dice que Clemente había visto a los apóstoles y conversado con ellos, y la tradición lo identifica con el colaborador que san Pablo nombra en Filipenses 4:3. Su carta se leía en la iglesia de Corinto los domingos, todavía hacia el año 170.
- Las cartas de san Ignacio de Antioquía, escritas hacia el 107, camino del martirio en Roma.
- Los escritos de Papías, obispo de Hierápolis hacia el año 120, que había escuchado a los discípulos de los apóstoles, y que prefería lo que venía de la voz viva y permanente de quienes los habían conocido a lo que estaba en los libros (citado por Eusebio, Historia eclesiástica III, 39, 4): un testimonio directo de la tradición oral.
- El Pastor de Hermas, escrito en Roma hacia el 140, que se leía en las iglesias.
- La Carta de Bernabé, del siglo II.
- Los apologistas, que defendieron la fe ante las autoridades del Imperio, como san Justino, Arístides y Atenágoras.
- Las actas de los mártires, como el Martirio de Policarpo (hacia el 156), las actas de los mártires escilitanos (180) y la Pasión de Perpetua y Felicidad (203), escrita en parte por la misma Perpetua en la cárcel.
- Los escritos de san Gregorio Taumaturgo, obispo de Neocesarea en el siglo III y discípulo de Orígenes, autor de una de las profesiones de fe en la Trinidad más antiguas.
La jerarquía
En el Nuevo Testamento, los apóstoles gobiernan y enseñan con autoridad, y Pedro encabeza el grupo (ver La primacía de Pedro). Lo primero que hacen después de la Ascensión es reemplazar a Judas (Hch 1:15-26). Establecen presbíteros en cada iglesia (Hch 14:23), y san Pablo encarga a Tito que los establezca en cada ciudad (Tit 1:5). Hay diáconos, desde la elección de los siete (Hch 6:1-6), y san Pablo saluda a «los obispos y diáconos» de Filipos (Flp 1:1). Santiago preside la iglesia de Jerusalén (Hch 15:13; 21:18), y Timoteo y Tito tienen autoridad sobre los presbíteros: para juzgarlos, honrarlos y ordenar a otros (1 Tim 5:17-22).
La lista de los obispos de Roma empieza por san Lino, el sucesor de Pedro, a quien san Pablo menciona entre los cristianos de Roma (2 Tim 4:21; san Ireneo, Contra las herejías III, 3, 3). Hacia el año 96, san Clemente explica que los apóstoles establecieron obispos y diáconos, y previeron que otros los sucedieran (Carta a los Corintios 42 y 44); y la iglesia de Roma, por medio de su carta, interviene con autoridad en la de Corinto. La Didaché manda elegir obispos y diáconos dignos del Señor (Didaché 15). San Ignacio muestra en cada ciudad un solo obispo, con sus presbíteros y diáconos, y pide que nadie haga nada de lo que corresponde a la Iglesia sin el obispo (Carta a los esmirniotas 8). Hacia el 155, san Policarpo, obispo de Esmirna, viajó a Roma para tratar con el papa Aniceto la fecha de la Pascua; Hegesipo y san Ireneo reconstruyeron la lista de los obispos de Roma desde los apóstoles (ver La sucesión apostólica); y hacia el 190, el papa Víctor intervino en la controversia sobre la Pascua con las iglesias de Asia. Hacia el año 200, Tertuliano desafía a los herejes a mostrar una sucesión así para sus comunidades (La prescripción de los herejes 32).
En el siglo III, la Tradición apostólica, atribuida a Hipólito, describe la ordenación de obispos, presbíteros y diáconos. San Cipriano escribe que el obispo está en la Iglesia, y la Iglesia en el obispo (Carta 66, 8). Y hacia el año 251, el papa Cornelio describe el clero de Roma: cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos, siete subdiáconos, cuarenta y dos acólitos, y exorcistas, lectores y porteros, además de más de mil quinientas viudas y pobres sostenidos por la Iglesia (citado por Eusebio, Historia eclesiástica VI, 43, 11).
El bautismo y la preparación para recibirlo
En el Nuevo Testamento, Jesús manda bautizar a todas las naciones en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28:19). En Pentecostés se bautizan unas tres mil personas (Hch 2:38-41), y se bautizan familias enteras: la de Lidia, la del carcelero de Filipos, la de Estéfanas (Hch 16:15 y 33; 1 Cor 1:16).
Hacia el año 100, la Didaché enseña a bautizar en agua corriente, y si no la hay, derramando agua tres veces sobre la cabeza, y manda que el bautizado y quien bautiza ayunen antes (Didaché 7). San Justino, hacia el 155, describe el bautismo como una «iluminación» y un nuevo nacimiento (Primera Apología 61). Hacia el 180, san Ireneo dice que Cristo vino a salvar a todos los que por Él renacen para Dios: recién nacidos, niños, jóvenes y ancianos (Contra las herejías II, 22, 4).
En el siglo III, Tertuliano aconseja demorar el bautismo de los niños, lo que muestra que ya se bautizaba a los niños (Sobre el bautismo 18). La Tradición apostólica describe un catecumenado de tres años y manda bautizar primero a los niños, y que respondan por ellos sus padres si no pueden hablar. Orígenes afirma que la Iglesia recibió de los apóstoles la tradición de bautizar también a los niños; y un concilio de Cartago, hacia el 253, presidido por san Cipriano, enseña que no hay que esperar al octavo día para bautizar a un recién nacido (Carta 64). (Ver El bautismo de niños.)
La Eucaristía y el domingo
En el Nuevo Testamento, los primeros cristianos «perseveraban en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2:42), y se reunían el primer día de la semana para partir el pan (Hch 20:7). San Pablo transmite lo que recibió del Señor sobre la última cena, y advierte que quien come o bebe indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1 Cor 11:23-29).
La Didaché manda reunirse el día del Señor para partir el pan y dar gracias, después de confesar los pecados, para que el sacrificio sea puro, y aplica a la Eucaristía la profecía de Malaquías sobre la ofrenda pura (Didaché 14). San Ignacio la llama la carne de nuestro Salvador (Carta a los esmirniotas 7), y enseña que hay una sola Eucaristía, un solo altar y un solo obispo (Carta a los filadelfios 4). Hacia el 155, san Justino da la descripción más antigua de la Misa del domingo: la lectura de los escritos de los apóstoles y de los profetas, la homilía del que preside, las oraciones de todos, el beso de la paz, la ofrenda del pan y del vino mezclado con agua, la plegaria de acción de gracias, el «amén» del pueblo y la comunión, que los diáconos llevan también a los ausentes; y explica que ese alimento no es pan común, sino la carne y la sangre de Jesús (Primera Apología 65-67). San Ireneo la llama la nueva oblación de la nueva alianza (Contra las herejías IV, 17, 5).
En el siglo III, la Tradición apostólica conserva una plegaria eucarística en la que se basa la Plegaria Eucarística II de la Misa actual; y san Cipriano explica que el sacerdote ofrece el sacrificio imitando lo que Cristo hizo (Carta 63). (Ver La presencia real de Cristo en la Eucaristía, El santo sacrificio de Jesús y la Misa y ¿El sábado o el domingo?.)
El perdón de los pecados y la penitencia
En el Nuevo Testamento, Jesús da a los apóstoles el poder de perdonar y retener los pecados (Jn 20:22-23). En Éfeso, muchos creyentes confiesan y declaran sus prácticas (Hch 19:18); Santiago manda confesar los pecados (Sant 5:16); y san Pablo excluye de la comunidad a un pecador público, y después pide que se lo perdone y se lo reciba (1 Cor 5; 2 Cor 2:6-10).
La Didaché manda confesar los pecados en la asamblea antes de orar y de celebrar la Eucaristía (Didaché 4 y 14). El Pastor de Hermas, hacia el 140, enseña que quien pecó gravemente después del bautismo tiene todavía una posibilidad de penitencia. Hacia el 180, san Ireneo cuenta que algunas mujeres engañadas por un hereje volvieron a la Iglesia y confesaron públicamente su pecado (Contra las herejías I, 13, 7).
En el siglo III, Tertuliano describe la exomológesis, la confesión y la penitencia pública de los pecados graves (Sobre la penitencia 9-10); la Tradición apostólica pide para el obispo, en su ordenación, el poder de perdonar los pecados; y san Cipriano, después de la persecución de Decio, establece la penitencia de los que habían renegado de la fe y su reconciliación por el obispo (Sobre los apóstatas). (Ver La confesión con un sacerdote.)
La oración y el ayuno
En el Nuevo Testamento, los apóstoles perseveran en la oración junto con María (Hch 1:14); Pedro y Juan suben al templo a la hora de la oración, y Pedro ora a la hora sexta (Hch 3:1; 10:9); y la comunidad ayuna y ora antes de enviar a Pablo y Bernabé y de establecer presbíteros (Hch 13:2-3; 14:23).
La Didaché manda rezar el padrenuestro tres veces al día y ayunar los miércoles y los viernes (Didaché 8). Hacia el 190, san Ireneo menciona el ayuno que preparaba la Pascua (citado por Eusebio, Historia eclesiástica V, 24, 12).
En el siglo III, Tertuliano cuenta que los cristianos hacían la señal de la cruz en la frente en todos los momentos del día (Sobre la corona 3) y oraban a horas fijas; la Tradición apostólica describe las horas de oración del día y de la noche; y san Cipriano escribe un comentario al padrenuestro. (Ver El rosario y las oraciones repetidas.)
Los difuntos y los mártires
En el Antiguo Testamento, Judas Macabeo ofrece un sacrificio por los muertos (2 Mac 12:43-46); y en el Apocalipsis, las almas de los mártires claman ante el altar de Dios (Ap 6:9-11).
Hacia el 156, la iglesia de Esmirna recoge los restos de san Policarpo, «más preciosos que piedras preciosas», y anuncia que se reunirá cada año para celebrar el aniversario de su martirio (Martirio de Policarpo 18). A fines del siglo II, el obispo Abercio, en la inscripción de su sepulcro, pide a quien la lea que ore por él. Y en la Pasión de Perpetua y Felicidad (203), Perpetua ora por su hermano Dinócrates, que había muerto de niño, y en una visión lo ve aliviado.
En el siglo III, Tertuliano cuenta que se ofrecían oblaciones por los difuntos en el aniversario de su muerte (Sobre la corona 3), y que la viuda oraba por el alma de su esposo (Sobre la monogamia 10). San Cipriano pide que se anote el día de la muerte de los mártires para celebrar su memoria. Las catacumbas, que no eran escondites, sino cementerios, conservan la cripta de los papas en la de Calixto, la imagen más antigua de María en la de Priscila, y, en la vía Apia, los grafitos de los peregrinos del siglo III que pedían a san Pedro y a san Pablo que oraran por ellos. (Ver El purgatorio y la oración por los difuntos, La intercesión de los santos y Las reliquias de los santos.)
La caridad
En el Nuevo Testamento, los creyentes ponían sus bienes en común, y se repartía a cada uno según su necesidad (Hch 2:44-45; 4:32-35); se eligieron diáconos para atender a las viudas (Hch 6:1-6), y las iglesias hacían colectas para los pobres de Jerusalén (Hch 11:29-30; 1 Cor 16:1-2).
Hacia el 155, san Justino cuenta que, en la Misa del domingo, se recogía una colecta para los huérfanos, las viudas, los enfermos, los presos y los forasteros (Primera Apología 67). Hacia el 170, el obispo Dionisio de Corinto elogia a la iglesia de Roma por las ayudas que enviaba a muchas iglesias (citado por Eusebio, Historia eclesiástica IV, 23, 10).
En el siglo III, Tertuliano describe la caja común de la comunidad, para sostener a los pobres, los huérfanos, los ancianos y los presos, y cuenta que los paganos decían: «Mirad cómo se aman» (Apologético 39). Y durante la peste que asoló Cartago hacia el 252, san Cipriano organizó a los cristianos para cuidar a los enfermos, sin distinguir entre cristianos y paganos.
Los cristianos en el mundo
En el Nuevo Testamento, Jesús pide a sus discípulos ser sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5:13-16), y ora para que estén en el mundo sin ser del mundo (Jn 17:15-16).
La Didaché prohíbe el aborto y el infanticidio (Didaché 2). San Ignacio pide que los que se casan lo hagan con el consentimiento del obispo, para que su matrimonio sea según el Señor (Carta a Policarpo 5). La Carta a Diogneto, del siglo II, describe a los cristianos: viven en sus patrias, pero como forasteros; se casan como todos y tienen hijos, pero no abandonan a los recién nacidos; obedecen las leyes, y con su vida las superan (Carta a Diogneto 5). Y hacia el 177, Atenágoras explica al emperador que los cristianos consideran un homicidio el aborto (Súplica en favor de los cristianos 35).
Hacia el año 200, Clemente de Alejandría describe en El pedagogo la vida cotidiana de los cristianos: la sobriedad en la comida y el vestido, la oración y la modestia. Y en el siglo III, Tertuliano describe la belleza del matrimonio que la Iglesia une, que la oblación confirma y la bendición sella (A su esposa II, 8).
Una Iglesia perseguida
Durante casi tres siglos, ser cristiano podía costar la vida. En el año 64, después del incendio de Roma, Nerón culpó a los cristianos y los hizo morir en masa, como cuenta el historiador romano Tácito (Anales XV, 44); en esa persecución murieron san Pedro y san Pablo. Hubo otra hacia el año 95, bajo Domiciano. Hacia el 112, el emperador Trajano fijó la norma que rigió durante mucho tiempo: no buscar a los cristianos, pero castigarlos si eran denunciados y no renegaban de su fe.
En el año 177, en Lyon y en Viena, en la Galia, fueron martirizados el obispo Potino y muchos fieles, y una carta de esas iglesias conservó su historia (citada por Eusebio, Historia eclesiástica V, 1). En el 250, el emperador Decio exigió a todos los habitantes del Imperio un certificado de haber sacrificado a los dioses; muchos murieron, y otros renegaron. Valeriano, en 257 y 258, mandó matar a obispos y presbíteros: murieron el papa Sixto II y san Cipriano, obispo de Cartago. Y en el 303 comenzó la persecución de Diocleciano, la más dura, que terminó cuando el emperador Constantino concedió la libertad a los cristianos, en el año 313 (ver ¿Constantino fundó la Iglesia Católica?).
Los primeros testigos
La palabra «mártir» significa «testigo». Los primeros en morir por causa de Cristo fueron los niños de Belén, que Herodes mandó matar para eliminar al rey recién nacido (Mt 2:16-18). La Iglesia los honra como mártires, porque, como dice la oración de su fiesta, proclamaron la gloria de Dios no de palabra, sino con su muerte. Después de Pentecostés, el primero en morir confesando a Cristo fue el diácono Esteban, apedreado en Jerusalén mientras oraba por quienes lo mataban (Hch 7:54-60), y por eso la tradición lo llama el protomártir. El apóstol Santiago, hermano de Juan, fue decapitado por orden de Herodes Agripa (Hch 12:1-2). Santiago, el que presidía la iglesia de Jerusalén, fue apedreado hacia el año 62, como cuenta el historiador judío Flavio Josefo (Antigüedades judías XX, 200). San Pedro fue crucificado en Roma, como Jesús le había anunciado (Jn 21:18-19), y san Pablo fue decapitado, en la persecución de Nerón (Tertuliano, La prescripción de los herejes 36). De san Clemente, la tradición cuenta que murió desterrado en Crimea, arrojado al mar.
San Ignacio, obispo de Antioquía, fue llevado a Roma y murió devorado por las fieras, hacia el año 107, como él mismo había anunciado: «Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras» (Carta a los romanos 4). San Policarpo, obispo de Esmirna, discípulo del apóstol Juan, fue quemado vivo hacia el 156, después de responder al procónsul que le pedía renegar de Cristo: «Ochenta y seis años hace que le sirvo, y ningún mal me ha hecho; ¿cómo podría blasfemar de mi Rey, que me ha salvado?» (Martirio de Policarpo 9). San Justino, el filósofo, fue decapitado en Roma hacia el 165. En Lyon, en el 177, murieron el obispo Potino, de más de noventa años, y la esclava Blandina, entre muchos otros; y en Cartago, en el 203, Perpetua, una joven madre de familia, y su esclava Felicidad.
En el siglo III murieron, entre muchos otros, los papas Ponciano, desterrado a las minas de Cerdeña junto con el presbítero Hipólito, en el 235; Fabián, en la persecución de Decio, en el 250; y Sixto II, decapitado en el 258 junto con sus diáconos, entre ellos san Lorenzo. Ese mismo año fue decapitado san Cipriano, obispo de Cartago, que respondió a la sentencia: «Gracias a Dios».
Objeciones (2)
La Iglesia primitiva era una comunidad sencilla, sin jerarquía ni sacramentos
Los testimonios dicen lo contrario: ya en el Nuevo Testamento hay apóstoles, presbíteros y diáconos, establecidos por la imposición de las manos; y en el siglo I y comienzos del II, la Didaché, san Clemente y san Ignacio muestran obispos, presbíteros y diáconos, el bautismo y la Eucaristía, llamada sacrificio. A mediados del siglo III, el clero de Roma tenía todos los grados del ministerio. La sencillez de la Iglesia primitiva estaba en su pobreza y en su vida, no en la falta de estructura.
Las prácticas católicas son costumbres paganas incorporadas en el siglo IV
Casi todas las prácticas que se suelen atribuir a la influencia de Constantino están documentadas antes del 313: la jerarquía, la Eucaristía como sacrificio, el bautismo de los niños, la penitencia, el ayuno de los miércoles y los viernes, la señal de la cruz, la oración por los difuntos, la veneración de los mártires y sus reliquias, y la intercesión de los santos. Muchas de ellas, en los mismos escritos que los paganos perseguían.
Fuentes
Versiones de la Biblia
- Biblia de Straubinger (Universidad Católica de La Plata, 2.ª ed., 2009)
Textos citados
- Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica (c. 325)
- Didaché (fines del siglo I o comienzos del II)
- San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (c. 96)
- San Ignacio de Antioquía, Cartas (c. 107)
- San Justino, Primera Apología (c. 155)
- San Ireneo de Lyon, Contra las herejías (c. 180)
- Tertuliano, Apologético, Sobre la corona, Sobre la penitencia, Sobre el bautismo y La prescripción de los herejes (c. 200)
- Tradición apostólica (c. 215)
- San Cipriano, Cartas y Sobre los apóstatas (s. III)
- San Atanasio, Carta festal 39 (367)
- Martirio de Policarpo (c. 156)
- Pasión de Perpetua y Felicidad (203)
- Carta a Diogneto (s. II)
- Tácito, Anales (c. 116)
- Flavio Josefo, Antigüedades judías (c. 94)
- José Antonio de Sobrino, Así fue la Iglesia primitiva
Los textos bíblicos se citan según la Biblia de Straubinger. Los textos de los Padres de la Iglesia y de los concilios se citan en traducción directa del original.
Cómo citar este tema
Para quien busca la Verdad. (2026, 28 de octubre). Cómo vivía la Iglesia primitiva. Recuperado el 27 de octubre de 2026, de https://veritasveritatum.com/es/iglesia-primitiva/
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